En Él también ustedes, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de su salvación, y habiendo creído, fueron sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de Su gloria. Ef 1:13–14.
Una vez que una persona escucha el evangelio y cree en él, es sellada con el Espíritu Santo. Por eso, la predicación pública del evangelio es absolutamente necesaria: la fe viene por el oír (Ro. 10:17). No hay otro medio establecido por Dios para la salvación, sino el evangelio de Cristo (1 Co. 15:1–4), el cual ha sido proclamado a lo largo de todas las generaciones.
Como resultado de esta salvación, cada creyente se convierte en morada del Espíritu Santo. Él es el sello de la promesa, la evidencia de que pertenecemos a Dios. El Señor ha querido asegurar a su pueblo en las promesas que ha hecho, y por eso ha dado su Espíritu, quien guía, sostiene y preserva a los creyentes hasta el cumplimiento final de la redención (Jn. 10:28–30; 1 P. 1:4).
Además, el Espíritu Santo es la garantía de nuestra herencia. Esto significa que ya hemos sido reconocidos como herederos, aunque todavía esperamos la plena consumación de esa promesa: el momento en que seremos transformados en gloria (1 Co. 15:51) y viviremos en la plenitud de la eternidad con Dios (Ap. 22:3). Hasta entonces, el Espíritu continúa su obra en la iglesia y en cada creyente (Ef. 4:30).
Ser sellados con el Espíritu no solo confirma nuestra salvación, sino que garantiza que todas las promesas de Dios se cumplirán. Él mismo se encargará de presentarnos delante de su presencia santos y sin mancha (Ef. 5:27; Jud. 24–25). Nuestra seguridad no descansa en nuestra fidelidad, sino en la fidelidad de Dios.
El ministerio del Espíritu Santo en la vida del creyente es profundo y constante. Aun cuando no siempre lo percibimos, Él obra en nosotros cada día, transformándonos y preparándonos para la gloria venidera (Ro. 8:23).
Por eso, hermanos, el testimonio de Dios en nosotros debe llenarnos de gratitud (Ro. 8:16–17). No tenemos una promesa vacía, sino una garantía firme de salvación (2 Co. 1:22; 5:5). Todo esto es por gracia: hemos sido hechos hijos de Dios.
Vivamos entonces para la alabanza de su gloria, exaltando su nombre mientras esperamos el cumplimiento final de su plan en nosotros.
