Sin excusas para no acudir a la Palabra

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La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma; El testimonio del Señor es seguro, que hace sabio al sencillo. Salmo 19:7.

Muchas personas utilizan diferentes pretextos para no leer las Escrituras. Uno de los más comunes es afirmar que la Biblia es difícil de entender. Sin embargo, en muchos casos esta dificultad no es más que una excusa para no acercarse a Dios.

Los creyentes, por su parte, no podemos permitir que este tipo de argumentos debiliten nuestra vida devocional. La Palabra fue revelada para que las personas conozcan el evangelio y reciban salvación y vida eterna (1 P. 1:10–12). No es un mensaje místico ni reservado para unos pocos; es la buena noticia de la salvación, expresada en un lenguaje comprensible y al alcance de todos.

El mensaje central de la Palabra de Dios es claro. Aquello que no entendemos completamente pertenece a los secretos del Señor, pero todo lo que Él ha querido revelar y todo lo que el hombre necesita para la salvación y la comunión con Él ya ha sido dado. Por eso, los pretextos para no leer la Biblia no son más que una forma de evitar el encuentro con el Dios vivo.

Esta verdad nos da seguridad (2 P. 1:19–20). Dios inspiró las Escrituras (2 Ti. 3:16) y, en su providencia, permitió que fueran transmitidas y traducidas a numerosos idiomas. Así, creyentes de todas las naciones pueden tener la misma certeza y firmeza en su fe.

Además, Dios ha provisto su Palabra para equipar a su pueblo con sabiduría (2 Ti. 3:14–15). Quien rechaza la dependencia de las Escrituras está rechazando el consejo del Señor y la sabiduría divina, quedando sin preparación para enfrentar la lucha espiritual. La Palabra es el medio por el cual Dios enseña, corrige, capacita y forma a sus hijos para toda buena obra (2 Ti. 3:16–17).

También debemos recordar que el discipulado no tiene secretos. La única manera de hacer discípulos es enseñando la Palabra y transmitiendo todo el consejo de Dios (Mt. 28:18–20). El Señor nos ha dado su Palabra y su Espíritu; esa es la obra que transforma. Nadie puede llamarse discípulo de Cristo mientras ignora las Escrituras.

Si estás preocupado por tu vida espiritual, la respuesta es clara: cultiva una relación constante y profunda con la Palabra. Ella es viva y eficaz (He. 4:12), suficiente para dar sabiduría, transformar el corazón y conducir a la santidad (Sal. 19:7–11).

El incrédulo afirma que no puede entender las Escrituras, pero el creyente cuenta con la ayuda del Espíritu Santo, quien ilumina el entendimiento y edifica la vida.

Por lo tanto, hermanos, no tenemos excusas para alejarnos de la Palabra. No la descuidemos ni la ignoremos. En ella encontramos la voz de Dios, la guía para nuestra vida y el alimento que nuestra alma necesita cada día.