Toda bendición espiritual en Cristo

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Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo. Efesios 1:3

Los creyentes han recibido toda bendición espiritual en Cristo. Por eso, el apóstol Pablo exalta y bendice el nombre de Dios, reconociendo que Él ha hecho todo a favor de aquellos que habría de adoptar por medio de Jesucristo. La Escritura enseña que Dios, por medio del Espíritu Santo, ha derramado sobre los creyentes una bendición completa y suficiente.

Es significativo que Pablo hable de “bendición” en singular, resaltando que se trata de una realidad esencial y completa. No es una bendición material ni algo relacionado con riquezas terrenales (1 Pe. 1:18–21). Más bien, se refiere a la salvación y a la vida eterna que han sido concedidas a los creyentes. Esta bendición incluye la obra del Espíritu Santo en nosotros, quien habita en el creyente (Ez. 36:27), y nuestra posición espiritual en Cristo (Ef. 2:6).

Además, esta bendición tiene una dimensión celestial. Pablo dice que está “en los lugares celestiales”, lo que nos recuerda que nuestra ciudadanía no es solo terrenal, sino también celestial (Fil. 3:20). Por eso, los creyentes están llamados a poner su mirada en lo eterno, en lo que está arriba, donde está Cristo (Col. 3:1).

Sin embargo, vivimos en medio de luchas, conflictos y un mundo marcado por el pecado. Estas realidades pueden hacernos olvidar que nuestra verdadera herencia no está aquí, sino en la gloria venidera. Este mundo no es nuestro destino final, y nuestras promesas están más allá del caos presente. Por eso Dios nos ha dado su Espíritu, quien da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios y herederos con Cristo (Ro. 8:16–17).

Asimismo, esta bendición no es individualista. Dios nos ha unido, por su gracia, a su pueblo, a la iglesia, para que juntos le adoremos y exaltemos su nombre, tal como lo ha hecho su pueblo a lo largo de la historia (Ro. 15:5–7).

Hermanos, toda buena dádiva proviene de Dios (Stg. 1:17). Por eso, nuestro corazón no debe aferrarse a lo material, sino a la promesa de la vida eterna (2 Ti. 1:9). Nuestro consuelo no depende de lo que poseemos, sino de lo que ya hemos recibido en Cristo: bendiciones espirituales que nos sostienen y nos llenan de esperanza (2 Co. 2:14).

Sabiendo esto, unámonos a Pablo para bendecir el nombre de Dios. Él nos ha salvado, nos ha limpiado de todo pecado y ha asegurado nuestro futuro en su gloria. Aun en los días de desánimo, recordemos su obra a nuestro favor y la promesa de nuestra glorificación con Cristo (1 Co. 15:20–22).