Un llamado a la pureza de corazón

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Ustedes han oído que se dijo: “NO COMETERÁS ADULTERIO”. »Pero Yo les digo que todo el que mire a una mujer para codiciarla ya cometió adulterio con ella en su corazón. »Si tu ojo derecho te hace pecar, arráncalo y tíralo; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. »Y si tu mano derecha te hace pecar, córtala y tírala; porque te es mejor que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo vaya al infierno – Mt 5:27–30.

Hay pecados que no se anuncian con fuerza, pero avanzan con una eficacia mortal. Se incuban en la mente, se justifican en el corazón y, si no son confrontados, terminan dominando la voluntad. Por eso Jesús, al hablar del adulterio, no se detiene en la conducta visible, sino que expone la raíz interna del pecado. Él revela el propósito original de la ley el cual es mostrarnos que Dios no solo juzga los actos, sino los deseos que los engendran (Mt 5:27–28). Allí donde el hombre suele sentirse seguro por no haber cruzado ciertos límites externos, Cristo expone la verdadera condición del corazón.

La lujuria es un pecado serio porque no es meramente una reacción espontánea, sino un deseo que se cultiva con el tiempo. Aunque generalmente el hombre es el que cae de manera visible en este pecado, la mujer no está exenta. Ambos participan de la misma naturaleza caída y ambos son responsables delante de Dios por lo que permiten crecer en su corazón. Nuestra cultura refuerza esta corrupción al normalizar la exhibición del cuerpo y la admiración sexual. Vivimos rodeados de imágenes, mensajes y estímulos, especialmente en redes sociales, que invitan a mostrarse y a mirar con intención. Lo que antes se reconocía como vergonzoso hoy se celebra, y lo que Dios llama pecado se presenta como expresión legítima de identidad o libertad. Pero la Escritura es clara en que ese camino no libera, esclaviza, y su fin es destrucción (Ro 6:23).

Por eso el Señor usa un lenguaje radical cuando habla de arrancar el ojo o cortar la mano que hacen caer (Mt 5:29–30). No se trata de acciones literales, sino de un llamado urgente a tomar medidas radicales contra el pecado. La pureza del corazón no se preserva con buenos deseos, sino con acciones concretas. Guardar el corazón puede implicar cerrar cuentas de redes sociales que alimentan la lujuria, dejar de seguir personas que despiertan deseos impuros, cortar amistades que influyen al pecado, rechazar programas, películas o música que estimulan la imaginación, y establecer límites claros en el uso del tiempo y la tecnología. Estas decisiones no son exageradas; son expresiones de temor santo. Jesús nos enseña que nada es tan valioso como preservar la pureza, porque el pecado que se tolera termina gobernando.

Job entendió esta realidad cuando hizo un pacto con sus ojos, comprometiéndose a no mirar con deseo aquello que lo llevaría a caer (Job 31:1). Ese pacto no nació de autosuficiencia, sino de una conciencia humilde de su propia fragilidad. Sin embargo, aun la disciplina más cuidadosa no puede, por sí sola, limpiar el corazón. Las acciones externas son necesarias, pero no suficientes. El pecado no se vence únicamente evitando ocasiones. Se vence en vida nueva.

Aquí resplandece la esperanza del evangelio. Cristo vino porque el problema del hombre no es solo externo en su comportamiento, sino interior. En la cruz, Él cargó con la culpa de nuestros deseos torcidos y sufrió la condena que merecen nuestros pecados ocultos. En Él hay perdón real para el arrepentido y poder real para el que cree. Unidos a Cristo, aprendemos que la santidad no es fruto del orgullo moral, sino de una dependencia diaria de la gracia (Jn 15:5; Ef 2:10). Aun cuando caemos, no huimos de Dios, sino que confesamos, pedimos perdón y volvemos a levantarnos aferrados a la misericordia.

Somos llamados a una guerra santa y consciente. Debemos matar al pecado antes de que el pecado nos mate. Tomemos acciones firmes para cuidar nuestro corazón, pero hagámoslo de rodillas, dependiendo de Cristo. Animemos nos unos a otros a vivir en pureza, a ser vigilantes y a caminar en la luz, confiando en que el Señor que nos llama a la santidad es también el que nos sostiene por su gracia y nos conduce en una obediencia que glorifica a Dios.