Una fe visible en amor

A man in a checked shirt praying in a church, hands clasped together.

Por esta razón también yo, habiendo oído de la fe en el Señor Jesús que hay entre ustedes, y de su amor por todos los santos, no ceso de dar gracias por ustedes, mencionándolos en mis oraciones, pido que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, les dé espíritu de sabiduría y de revelación en un mejor conocimiento de Él. Ef 1:15–17.

Después de exaltar a Dios por las bendiciones espirituales dadas a la iglesia (Ef. 1:3–14), Pablo dirige su atención a la oración. Al escuchar acerca de la fe de los creyentes en el Señor Jesucristo, reconoce en ellos una evidencia clara de salvación: han puesto su confianza en Cristo como Señor y Rey.

Pero esa fe no está sola. También se manifiesta en amor. El amor entre los creyentes es una señal evidente de que Dios ha obrado en sus corazones (1 Jn. 3:14). Es una marca distintiva de la presencia del Espíritu Santo en la vida del cristiano (1 Co. 13:1). La fe verdadera produce amor, y este amor se expresa en servicio, cuidado y entrega hacia otros (1 Jn. 3:16–18).

Este amor en la iglesia de Éfeso no era selectivo, sino dirigido a todos los santos. Sin embargo, la misma Escritura nos muestra que, con el tiempo, ese amor puede debilitarse. Más adelante, esta iglesia sería reprendida por haber abandonado su primer amor (Ap. 2:2–4). Esto nos enseña que el amor por Dios y por los hermanos no se mantiene automáticamente; debe ser cultivado y renovado constantemente.

Por eso, una de las tareas esenciales de la iglesia es orar para que el amor no se enfríe. Cuando el amor por el Señor disminuye, también se debilita la esperanza en su venida y en la vida eterna (1 Ts. 4:13–18). Y cuando esa esperanza se desvanece, el amor por los hermanos también comienza a apagarse. Alejarse de Dios inevitablemente enfría el corazón hacia los demás.

Como iglesia, podemos tener un testimonio ante el mundo, pero no debemos descuidar el testimonio interno: el amor entre nosotros. Estamos llamados a cuidarnos, sostenernos y amarnos, recordando que para muchos creyentes la iglesia es su familia más cercana. Amar a Dios implica amar a sus hijos (1 Jn. 5:1).

De la oración de Pablo aprendemos que el amor en la iglesia no solo debe celebrarse, sino también pedirse en oración. Debemos dar gracias cuando está presente y suplicar que permanezca y crezca, para que el testimonio de Cristo sea visible al mundo.