«…un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también ustedes fueron llamados en una misma esperanza de su vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Efesios 4:4-6).
El último elemento unificador que el apóstol Pablo utiliza es, en realidad, el central y de quien vienen todas las cosas. Así cerramos una suerte de «emparedado» donde inicia la unidad del cuerpo de Cristo con la divinidad del Espíritu Santo, y termina con la divinidad del Padre. En medio, tenemos lo que ha sido adquirido por la divinidad: una esperanza, una vocación, un Señor, una fe y un bautismo. Todo esto ha sido dado por Dios en favor de la humanidad caída (Ro 11:36).
El Salvador de todas las generaciones: Cuando Pablo dice que la iglesia tiene un solo Dios y que Él es Padre, nos está llamando a reflexionar que en la iglesia misma hay un solo Señor sobre todas las cosas. El Dios que ha salvado a la iglesia es el mismo que ha salvado desde el principio de los siglos, desde Adán y Eva, pasando por Abraham e Israel, y ahora es el mismo Salvador de la iglesia universal (He 13:8). Por esto, Él es el unificador final de la salvación.
Viéndolo en perspectiva general, solo en Cristo hay salvación y solo por medio de la gracia que proviene de Dios alguien puede ser salvado (Hch 4:12). Por eso, el Padre está sobre todos aquellos que ha llamado, sobre toda la iglesia y sobre todos los creyentes. Pero además, está en favor de la iglesia por todos los creyentes, y en todos por medio de su Santo Espíritu. La gracia que ahora ha obtenido la iglesia es que el Dios Salvador del universo ahora actúa en favor de ella.
Una sola familia sin distinciones: Por eso es que Pablo menciona que ya no hay judíos ni gentiles, ni griegos, ni hombres ni mujeres, porque realmente la salvación nos hace a todos iguales delante del Padre. En un sentido, ya no hay más separaciones entre los seres humanos porque solo hay hijos de Dios en la iglesia (Colosenses 3:11), y todos tienen la misma herencia y la misma protección del Padre eterno.
La única división que hay en la humanidad son aquellos que le pertenecen al Padre y los que no, por haber rechazado a Jesucristo como Salvador (Jn 3:36). Y aunque en esa división todavía hay personas que pueden alcanzar la vida eterna, ellos sí se pueden jactar de sus diferencias sociales, raciales y económicas. Pero la iglesia no, porque todos trabajan para el mismo Señor y con el mismo objetivo: que el evangelio llegue al final de la Tierra y que el nombre de Dios sea proclamado para la gloria y honra de su Hijo.
Colaboradores del mismo evangelio: Hermanos, lo que Pablo concluye es que definitivamente debemos pensar en nuestros hermanos como iguales y colaboradores del mismo evangelio, de la misma promesa e hijos del mismo Padre (Jn 17:21), para que en medio de la congregación no haya división alguna y lo que tengamos en común sea más fuerte que lo que nos puede separar.
Lo que los creyentes debemos analizar es que en nuestro hermano habita el Espíritu Santo, que el Padre ha sacrificado al Hijo en favor de él, y que ahora pertenece al mismo cuerpo del cual todos somos partes y del cual todos necesitamos (1 Cor 12:14, 26).
