Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también ustedes fueron llamados en una misma esperanza de su vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos.
Ya hemos visto cómo el Espíritu, el llamamiento de esperanza y nuestro Señor nos unen en un solo cuerpo. Ahora, el apóstol Pablo añade un elemento fundamental:
Una sola fe. Para construir una verdadera unidad comunitaria, debemos verificar que compartimos una fe sólida, fundamentada en la persona de Cristo y en su obra redentora (Gálatas 2:20). Esta fe abraza todo lo concerniente a la salvación y la vida eterna. Es la doctrina de Cristo que predicamos y creemos. Lamentablemente, existen quienes se llaman cristianos, pero rechazan la verdad de la Palabra y sus mandamientos, resistiéndose a sujetarse a la autoridad divina (2 Timoteo 3:5). Con ellos, no puede existir una comunión real.
El propósito de compartir la misma fe: La fe que nos une nos capacita para enseñar, corregir y guiar a otros creyentes hacia la verdad de los mandamientos de Cristo (2 Timoteo 3:16). Si no compartimos esta base, no podemos exhortarnos mutuamente a caminar en la santidad que Dios exige. Él nos llamó a salir de las tinieblas a su luz admirable (1 Pedro 2:9).
Por esto es tan difícil aconsejar a quien no cree en Jesús; al desechar la Palabra, rechaza todo razonamiento cristiano. Al aconsejar a alguien, debemos identificar primero si comparte nuestra base de fe. Así sabremos si necesita ser guiado a la salvación en Cristo, o si solo requiere recordar la fe que nos une y la importancia de obedecer a Dios.
Paciencia en el caminar común: No debemos frustrarnos con los hermanos que parecen caminar más despacio en la fe. Dios nos pide paciencia con ellos (Romanos 15:1). Debemos guiar con amor a quienes apenas aprenden los principios elementales y perseverar juntos. Al compartir una misma fe, compartimos un mismo destino: ser transformados a la semejanza de Jesucristo (Romanos 8:29).
