«…y un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también ustedes fueron llamados en una misma esperanza de su vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en todos» (Efesios 4:4-6).
El penúltimo elemento que caracteriza la unidad del cuerpo de Cristo es un solo bautismo. Este bautismo ha sido interpretado por algunos como algo externo; dicho de otra manera, como el ritual de sumergir a alguien en agua para añadirlo al cuerpo de Cristo.
Sin embargo, por el contexto, parece que no es a ese bautismo al que se hace referencia. La razón es que todos los otros elementos tienen que ver con el llamamiento de Dios a su iglesia, dándoles fe, esperanza y el Espíritu. Por esta razón, no parece que se esté hablando de la acción física de sumergir a alguien en agua.
Un sello eterno e incorruptible: Este bautismo es el que Dios ha hecho en nosotros una vez y para siempre por medio de su Santo Espíritu. Él nos ha sellado para siempre como de su propiedad. De este bautismo participan todos aquellos que realmente pertenecen al cuerpo de Cristo. Este sello y este bautismo no se pueden falsificar.
A diferencia de un bautismo externo, donde las personas acceden a él de forma voluntaria y repetida, el bautismo del Espíritu ocurre una vez y para siempre para añadir a la iglesia a los que han de ser salvos (1 Corintios 12:13).
Derribando barreras humanas: Este bautismo es el que nos hace uno, independientemente de cuál sea nuestro género, nuestra raza y hasta nuestra posición social; en Cristo somos uno (Gálatas 3:28). Para preservar la unidad del cuerpo de Cristo, Dios ya lo ha hecho todo.
Debemos ser conscientes de que, para Él, cada alma que ha rescatado y ha bautizado con su Espíritu le ha costado la sangre de su Hijo. Esto lo hizo para que ya no haya separación entre pueblos, ni colores, ni posición social en medio de la iglesia.
Identificados con su muerte y resurrección: Una cuestión más del lenguaje paulino es que él señala que en Cristo también fuimos bautizados. Esto nos indica que también estamos identificados en su muerte y resurrección.
Ahora, todos los que han creído han sido cubiertos por su sangre y lavados de todos sus pecados. Ya Cristo hizo la obra en cada uno de los salvados (Gálatas 3:27). Por el poder de Su resurrección, todos somos partícipes de la misma promesa en Él.
Llamados a permanecer unidos: Todos estos elementos deben hacernos pensar cuán importante es para Dios que la iglesia permanezca unida y piense como un solo cuerpo. Él ya lo ha dado todo para que esta unidad sea una realidad en la vida de la congregación.
El fin es que ya no haya más separación, y que cada creyente no piense más de sí mismo de forma aislada. Cada uno de los salvados tiene la misma marca y el mismo valor en sí mismo: la sangre derramada de Cristo Jesús (Romanos 6:3). Esto no puede ni debe ser superado por ninguna separación o división humana.
