Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también ustedes fueron llamados en una misma esperanza de su vocación; un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos, por todos y en todos». — Efesios 4:4–6
En el esfuerzo por mantener la unidad en la congregación de los santos, es fundamental tener claros los conceptos teológicos y el carácter cristiano. Debemos dejarnos moldear por la sana doctrina para no desviarnos ni pensar de manera contraria a lo que la Palabra de Dios ha determinado para la iglesia.
Uno de estos conceptos clave es que la iglesia es un solo cuerpo; no hay más. En este sentido, la congregación debe entender que todo lo que sucede entre los santos la afecta directamente, ya sea en beneficio o en perjuicio (1 Co. 3:16–17). Al ser un solo cuerpo, debemos comprender también que la iglesia no es solo lo que vemos localmente en nuestras ciudades, sino que abarca a creyentes en todo el mundo (Jn. 10:16).
Saber que solo hay un cuerpo debe llevarnos a ser temerosos de Dios y a cuidarnos unos a otros, porque cualquier daño a un miembro nos afecta a todos. Si uno de nuestros hermanos en la congregación está afectado espiritualmente, a todos como cuerpo nos dolerá. Por lo tanto, debemos ser humildes para reconocer que estamos vinculados a nuestro hermano y que también lo necesitamos (1 Co. 12:12–17).
Si bien es cierto que cada hermano es diferente —con sus propias luchas, carácter, disposición hacia el Señor y proceso de santificación—, cada uno sigue siendo una parte esencial que Cristo ha colocado en el cuerpo (Ro. 12:4-5). Debemos reconocer el valor de nuestros hermanos, incluso de aquellos a quienes nos cuesta más acercarnos. Cristo los ha integrado al cuerpo y los ha puesto ahí porque sabe que son necesarios entre nosotros (Ef. 2:21–22).
Parece muy obvio pensar que la iglesia es un solo cuerpo, pero sus implicaciones deben llevarnos a caminar en humildad. Debemos reconocer que Cristo es quien gobierna, dirige y añade a la iglesia a los que han de ser salvos (Hch. 2:47). Cada hermano, con sus dificultades, necesidades y carácter imperfecto, es necesario para que juntos caminemos hacia la gloria eterna (Fil. 3:20).
Por lo tanto, hermanos, no debemos despreciar a ningún creyente si nuestro deseo es preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Al contrario, debemos interceder los unos por los otros, amarnos y cuidarnos para que el nombre de Jesucristo sea glorificado. Cuando el mundo —lleno de personas que solo piensan en sí mismas— vea que realmente somos uno, la iglesia se levantará como un pueblo que vive para la gloria de Cristo y para amar a su prójimo.
