Así pues, no sean necios, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor. Y no se embriaguen con vino, en lo cual hay disolución, sino sean llenos del Espíritu. Hablen entre ustedes con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con su corazón al Señor. Den siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre. Sométanse unos a otros en el temor de Cristo. Ef 5:17–21.
Después de todas las prohibiciones y señalamientos de los pecados de los que los creyentes se deben cuidar, parecería que lo que hay que hacer es una lista casi legalista de prohibiciones en la iglesia. Pero el apóstol añade algo que cambia todo pensamiento: «sean llenos del Espíritu». La solución a los problemas de la carne es ponerse a la disposición y a la gobernanza suya (Gá. 5:16), y la carnalidad inicia cuando los creyentes no son espirituales.
El Espíritu Santo trae esperanza a los creyentes al darles seguridad de las promesas que Jesús les ha dado a todos los que creen. Al parecer, tener claras las promesas que Cristo ganó con su muerte en la cruz del Calvario debería animar a los creyentes a someterse a su santa voluntad (Ro. 5:1). Promesas como la morada celestial (Jn. 14:2–3) deberían hacer que la morada terrenal no sea la prioridad de vida de los creyentes.
Si el Espíritu gobernara la vida de los creyentes y entendieran a plenitud la benevolencia del evangelio, la compartirían con otros para que también disfruten de ella (Mr. 16:15). Ser llenos del Espíritu es entender lo que vale la vida eterna, lo que costó y el sufrimiento de Cristo para que ahora ya no haya más condenación (Ro. 8:1). Pero cuando una persona no es espiritual, su forma de vida no se ajusta a lo que dice creer porque no lo comprende ni quiere hacerlo; eso es lo que hace la diferencia entre una iglesia carnal y una espiritual.
El Espíritu nos muestra la deidad y nos hace someternos a Él para que tengamos una vida temerosa, con reverencia y con gran amor a quien nos ha amado primero (1 Jn. 4:19). Nos guía a orarle a Dios con todo nuestro ser para que tengamos confianza en que nos oye (Ro. 8:26). Al responder nuestras plegarias y al estar en plena comunión con Él, da testimonio de que somos hijos de Dios (Ro. 8:16).
Toda esta cercanía con el Espíritu y el estar sometidos a Él genera un ambiente propicio en la iglesia para que los creyentes crezcan espiritualmente y generen el fruto (Gá. 5:22–23). No hay otro medio para hacerlo que no sea este. Los cristianos deben estar seguros de la obra redentora de Jesucristo y aferrarse a ella y vivir por ella, pero esta obra solo se logra por el poder del Espíritu; la vida de santidad solo surge gracias a Él.
Hermanos, debemos volver a lo básico, predicarnos el evangelio a nosotros mismos, recordarnos lo que Cristo ha hecho por nosotros para que a donde vayamos podamos ser el reflejo de lo que decimos ser. Si nos apartamos del pecado por convicciones propias, volveremos a ser carnales; pero si por el poder del Espíritu andamos, nunca estaremos en paz andando como necios de este mundo. Cuidemos nuestro corazón y recordemos los beneficios que Dios nos ha dado para consagrar nuestras vidas a Él (Sal. 103:2-5).
