Sean llenos del Espíritu. Hablen entre ustedes con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con su corazón al Señor. Ef 5:18–19.
Ser llenos del Espíritu es un mandamiento al que cada cristiano debe atender como a cualquier otro; por lo tanto, es algo en lo que debemos estar ocupados. Ser llenos no es una posesión momentánea, porque cuando una persona cree en el Señor Jesucristo, automáticamente es habitada por el Espíritu y este nunca más saldrá de ella (Jn. 14:16–17). Esto significa que la obra de Dios de sellarnos ya está hecha; lo que debe hacer el creyente es permitirse ser lleno (1 Cor. 3:16; 6:19).
El Espíritu también es la obra de Dios manifiesta en los creyentes para que las promesas que han sido dadas estén presentes en la mente y el corazón de los cristianos. Asimismo, el Espíritu es la garantía de que Dios está comprometido en salvar a los que ha llamado (2 Cor. 5:5). Este Espíritu nos garantiza las moradas celestiales (Jn. 14:2–3). Todo lo que Dios ha prometido lo cumplirá, y estas promesas tienen su sello en el Espíritu.
Por otro lado, el peligro que corren los creyentes es el de apagar al Espíritu (1 Tes. 5:19). Con una vida desenfrenada, llena de los pecados y libertinajes que ha venido prohibiendo el apóstol, fácilmente alguien podría actuar como un incrédulo; cuando los creyentes le dan lugar a la carne y a las pasiones terrenales, están apagando el poder de Dios en sus vidas. Como se ha visto a lo largo de la epístola, andar como necios es una realidad que puede suceder en la vida de los cristianos (Ef. 5:15–18).
Los deseos de la carne son los que luchan contra Dios y contra el Espíritu; cuando una persona se somete a estos deseos, es cuando el Espíritu se ve contristado (Ef. 4:30). Cuando hay pecado sin confesar, cuando se practica abiertamente la inmoralidad o cuando se pierde el pudor en aquellos que son llamados a la santidad, entonces el poder del Espíritu disminuye (Gá. 5:16). Esta lucha existirá siempre en los creyentes —entre ser dominados por la carne o por el Espíritu— y no acabará hasta que sea perfeccionada por Cristo.
Ser llenos del Espíritu es estar sometidos a Él. Solo se puede lograr cuando una persona se rinde ante el poder de Dios y se humilla para andar como es digno del evangelio. Ser llenos es permitir que la tercera persona de la Trinidad tome el control absoluto de nuestras vidas para hacer su voluntad y ser guiados por ella. Es lo que Pablo también advirtió: ya no nos pertenecemos a nosotros mismos, le pertenecemos a Él (1 Cor. 6:19).
Hermanos, dejemos que Dios gobierne nuestras vidas como Él desea; escuchémoslo cuando pone tanto el querer como el hacer en nuestros corazones (Fil. 2:13). Abandonemos el pecado que nos impide vivir para su gloria y andemos en el Espíritu; apartemos nuestras mentes y corazones de las inmoralidades de este mundo y dejemos que Él trabaje en nosotros, llenándonos y guiándonos hasta que entremos a las moradas celestiales.
