Pero que la inmoralidad, y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre ustedes, como corresponde a los santos. Ef 5:3.
En esta lista de actitudes y pecados que no corresponden a personas santas se encuentra la impureza. Normalmente, esta está ligada a la fornicación y se señala como un pecado que los cristianos deben dejar en el pasado de su vieja naturaleza (Colosenses 3:5). Además, se espera que los creyentes se arrepientan de la impureza (2 Co. 12:21).
La impureza señala cualquier cosa que no es pura y que ensucia lo que es limpio y santo (Mt. 23:27). Pero en su mayoría, los usos en el Nuevo Testamento hacen referencia a pecados sexuales: pensamientos, pasiones, fantasías inmorales y todo tipo de pensamiento que atente contra la santidad de Cristo (1 Tes 4:3). Lo que sucede es que para este mundo de pecado todas estas pasiones desordenadas están normalizadas y hasta promovidas; lo que para este mundo es natural, es lo que Dios condena (1 Cor 5:1–5, 6:13–20).
Mientras las enseñanzas humanas decían que se cumplía la ley al no tener la costumbre de practicar la fornicación y el adulterio, Jesucristo lo llevó a un nivel espiritual (Mt. 5:27, 28). Codiciar a una persona que no es su cónyuge es el mismo pecado; tener deseos y fantasías con extraños ya ha sido condonado y juzgado por la ley de Dios (Éx 20:17). Este tipo de pecado es el que se condena en las Escrituras cuando se habla de inmoralidad.
En este punto debemos decir que la impureza lleva defectiblemente a la inmoralidad, tarde que temprano se manifestará y lo peor es que la escalada de pecados es muy grande. Como le pasó al rey David, inició con impureza y terminó en homicidio (2 S. 11:2); al leer la Biblia, nos damos cuenta de que lo que el rey quería hacer en secreto, Dios lo juzgó en público para que el pueblo aprenda a temer y a no cometer los mismos pecados (Prov 15:3).
Por otro lado, hacer un voto consciente de alejarse de la impureza y recordarlo siempre puede mantener a una persona sobria y apegada a la santidad del Señor. En el caso de Job, él estaba consciente de que no podía dar lugar al diablo en este sentido (Job 31:1); además, él mismo sabía de las consecuencias y su juramento lo hacía permanecer firme en la santidad. Tan consciente estaba del cuidado que había tenido en su corazón que lo afirmaba con certeza (Job 31:9–11).
Hermanos, la única forma de abandonar la impureza es cuidando nuestros corazones, llenándolos de Cristo y de su Palabra, alejándolos de este mundo, porque del corazón pueden desear y de él provienen muchos deseos buenos y malos (Mt. 15:19–20). Al cuidar nuestro corazón, nuestro deseo será por Cristo y por su evangelio (Prov 4:23). Apartémonos de todo aquello que nos acerca a la impureza para que el nombre de Cristo sea exaltado en nuestras vidas.
