Pero que la inmoralidad, y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre ustedes, como corresponde a los santos. Ef 5:3.
La avaricia parece muy ligada a la impureza; de hecho, hasta parecen estar siendo usadas como sinónimos. Porque la avaricia tiene el sentido de codicia. Es decir, una persona que desea las cosas con pecado y con obsesión, alguien que está dispuesto a hacer lo que sea para obtener el objeto de su deseo (Éx 20:17). En el contexto, parece apuntar a una persona que quiere obtener placer sexual a cualquier costo.
Los avaros son personas que no conocen a Dios; la Biblia los señala como injustos llenos de maldad (Ro. 1:29). También es mencionado que los avaros no heredarán el reino de los cielos (1 Co. 6:10). Es lógico que un avaro no herede el reino de los cielos, porque se ha alejado del Creador para hacer cuanta cosa le desagrada, y va en pos de sus propios deseos en contra de los mandamientos del Señor (Ef 5:5).
La impureza y la inmoralidad son temas que no deberían ni hablarse en la iglesia; la exhortación que Pablo hace es que estas prácticas ni deberían pensarse en medio de la congregación. Claramente, es evidente por la exhortación que está haciendo que en algunos círculos de los cristianos se estaban llevando a cabo este tipo de pecados y que debían cortar con ellos de una vez por todas (1 Co. 5:11), limpiándose de toda contaminación de carne y de espíritu (2 Co 7:1).
Cuando hay algún inmoral en la congregación, se le debe disciplinar para que la contaminación no alcance a otros creyentes y la santidad sea la medida que rija a todos (1 Co 5:6). Ningún hermano debería ser acusado por inmoral sin fundamento, pero cuando suceda, la congregación debe hacer lo necesario para que ese pecado sea quitado. Todo esto debe tomarse con seriedad, porque la santidad es lo que se espera de los cristianos.
Para poder ser santos como Dios demanda, debemos tener la piel muy fina para que cualquier síntoma de inmoralidad, impureza o avaricia genere en nosotros tanto dolor que estemos dispuestos a juzgarlo y a condenarlo. De lo que debemos tener cuidado es de cómo la generación en la que vivimos está alterando la moralidad de la iglesia, hasta el punto de que los mismos cristianos practican la inmoralidad sin ser amonestados, desde cómo viven hasta cómo visten; y esto no es conveniente para los santos (Rom 12:2).
Hermanos, cuidémonos de la inmoralidad, cuidemos nuestros corazones y seamos todos serios y responsables delante de Dios para condenar en medio de la iglesia la inmoralidad que hoy se quiere vender como moda. Los cristianos debemos conservarnos puros en medio de la iglesia y en medio de este mundo perverso para dar testimonio de que seguimos a Cristo (Fil 2:15) y no al príncipe de este siglo.
