Pero que la inmoralidad, y toda impureza o avaricia, ni siquiera se mencionen entre ustedes, como corresponde a los santos. Tampoco haya obscenidades, ni necedades, ni groserías, que no son apropiadas, sino más bien acciones de gracias. Ef 5:3–8.
Lo que Pablo viene señalando como una responsabilidad de los creyentes es vivir en amor y en santidad (1 Ts. 4:3–7). El amor que proviene de Dios y que debemos imitar se aleja de los deseos paganos y del mismo egoísmo. Los mandamientos que se emiten en este texto son para que los creyentes entiendan la diferencia del amor de Dios; cuando este se practica, conduce a la santidad, pero cuando no hay amor, las personas se corrompen y se desenfrenan (Ro 1:24-25).
La inmoralidad o la fornicación, como es mejor entendido, no debe tener lugar en la vida de los creyentes; no debería ser siquiera un tema de conversación. Esto supone que todos se guardan y se purifican a sí mismos (1 Jn 3:3). Pero ya que esto no sucede así, es necesario exhortarnos los unos a los otros a abandonar este pecado. Es necesario que la iglesia trate este pecado con toda seriedad para que se pueda contener el daño que hace y las murmuraciones en medio de la iglesia y de los incrédulos en donde vivimos (1 Co. 5:1–5).
La fornicación en las Escrituras se refiere a todo acto sexual fuera del matrimonio, tanto a las relaciones entre solteros (Dt. 22:20–21) como al adulterio. La Biblia es clara: si alguien tiene estas prácticas y se dice cristiano, debemos apartarnos de tal (1 Co. 5:9). También es señalado que quienes viven en estas prácticas pecaminosas están bajo el juicio de Dios (He. 13:4); estas personas serán juzgadas por Él (Apo 22:15).
La fornicación es un pecado que está ligado a los deseos de la carne (Gá. 5:21). Lo que la Biblia nos advierte es que tengamos cuidado y no nos dejemos tentar con las prácticas que este mundo tiene por costumbre, pero que Dios aborrece; debemos cuidar nuestras mentes y corazones para no caer en ello (1 Tes 4:4-5). Máxime que Jesús elevó este pecado diciendo que aun desear con lujuria a una persona se constituye en adulterio (Mt 5:28).
Si bien es cierto que cualquiera está propenso a cometer este pecado, no deberíamos permitir que se vuelva una práctica entre nosotros; deberíamos cortarlo de raíz cuando empiece a manifestarse para que no se vuelva habitual (Col 3:5). Los creyentes necesitan estar alerta para no normalizar lo que Dios ya ha condenado.
Hermanos, cuidémonos de toda inmoralidad, desde cómo nos vestimos y cómo andamos. En un mundo tan sexualizado y dado a la fornicación, los creyentes deben hacer la diferencia clara; deben mostrar en su andar que se están apartando de los pecados de la carne (1 Pe 2:11). Además, como hermanos estamos obligados a preservar la santidad en la congregación y a denunciar y apartar a aquellos que quieren llamarse hermanos, pero que andan como inmorales en medio de la sociedad y la congregación (2 Tes 3:6). Debemos tener la capacidad de separar a los inmorales del pueblo del Señor.
