Porque con certeza ustedes saben esto: que ningún inmoral, impuro o avaro, que es idólatra, tiene herencia en el reino de Cristo y de Dios. Que nadie los engañe con palabras vanas, pues por causa de estas cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de desobediencia. Por tanto, no sean partícipes con ellos; porque antes ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor; anden como hijos de luz. Ef 5:5–8
Los creyentes no deben comportarse como inmorales ni tener una comunión íntima con ellos, porque tales personas, por la naturaleza de su pecado, están muertas en delitos y pecados (Ef 2:1). Pablo lo reafirma al decir que este grupo de personas no heredará el reino de los cielos (Gá. 5:17–21). Los que tienen una libertad sexual, los que aman el pecado de la lujuria y quienes la promueven, así como quienes tienen dioses diferentes, no pueden decir que estarán para siempre con el Señor (2 P. 2:12–19), cuando Él dice claramente que no heredarán el reino de los cielos.
Al saber la realidad de estas personas y el fin de ellas, nadie podrá presentarse delante del Señor alegando ignorancia, porque los impíos saben cómo justificarse en medio de la sociedad para decir que lo que hacen no es tan malo y que «no son tan malas personas». Estas palabras sin sentido que usan solo son para tranquilizar sus conciencias, pero delante de Dios son culpables y la ira de Dios viene sobre ellos (1 Co. 6:9–10), pues la verdad de Dios fue cambiada por la mentira (Ro 1:25).
Es importante mostrar que Dios realmente está airado con estas personas (Ro. 1:18-23; 3:5), que su juicio es verdadero y que nadie podrá escapar de este (He 9:27). Además de todo ello, con su pecado y justificaciones vanas, lo único que están haciendo es acumulando juicio para sí (Ro. 2:5). No solo están haciendo maldades, las inventan (Ro. 1:30–31), para luego justificarse a sí mismos en la caída moral que el mundo está viviendo.
Por todo esto es que la Biblia manda rigurosamente que no seamos partícipes con ellos, porque la ira de Dios viene también con los que aprueban estas prácticas abominables (Ro. 1:32). Antes los creyentes estaban bajo la ira, pero ahora han sido salvados para que dejen ese mundo de pecado (Col. 3:5), no para que lo sigan consintiendo y menos practicándolo con ellos (1 Jn. 3:9–10); por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios (Stg 4:4).
Estas personas en esta condición todavía pueden arrepentirse y alcanzar misericordia y salvación si se arrepienten y confían en Cristo como el salvador del mundo (1 Tim 1:15). Pero al igual que los llamados a la vida eterna serán transformados para dejar esa vida, si los que ya fueron llamados siguen participando de estas conductas, ¿cómo los guiarán a la vida? Dios nos ha dejado en este mundo para que le llevemos el evangelio a estas personas y les mostremos lo maravilloso que es vivir en la luz; esa debería ser nuestra meta.
Hermanos, cuidémonos de no practicar los pecados de los que ya por gracia fuimos salvados. Tengamos cuidado de tener comunión con quienes los practican y, si hay alguno que, llamándose creyente, vive así, debemos apartarnos de él (1 Co. 6:9–10). La santidad de Dios se la toma muy en serio y no tendrá por inocente al culpable (Nah 1:3); no pensemos que escaparemos solo por decir que somos creyentes. Cuidemos nuestras almas del pecado y de las consecuencias de este.
