Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: «AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO». Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado, no sea que se consuman unos a otros. Gl 5:13–15.
La libertad, en primera instancia, llama a los creyentes al servicio. La idea central es que, al amar al prójimo, aprendamos a usar correctamente la libertad que hemos recibido. Esta libertad no se define por aspectos externos —como el vestir o el hablar— aunque estos también deben reflejar nuestro compromiso con la santidad. Más bien, se trata de una libertad que nos capacita para tomar decisiones en beneficio de otros, hacer lo correcto y disfrutar de los frutos de una vida que agrada a Dios.
Esta libertad nos invita a servir a los demás con humildad, amando al prójimo y dejando de lado toda arrogancia (Fil. 2:3–4). Somos llamados a entregarnos en servicio, siguiendo el ejemplo de Cristo, quien enseñó que servir no es una carga, sino un honor (Mt. 20:26–27).
Cuando la libertad cristiana se utiliza para servir, Dios es glorificado y la iglesia es edificada. A lo largo del Nuevo Testamento vemos cómo los creyentes vivían esta realidad: compartían sus bienes para suplir necesidades (Hch. 2:45), practicaban la hospitalidad (1 P. 4:9–10) y se cuidaban unos a otros. La libertad, correctamente entendida, siempre conduce al amor práctico.
Sin embargo, cuando la libertad se confunde con libertinaje, el resultado es destructivo. En la iglesia de Corinto, algunos usaban su supuesta libertad para participar en prácticas paganas y vivir de manera desordenada (1 Co. 10). A ellos se les advierte: “El que cree estar firme, mire que no caiga”. Dios toma en serio el uso indebido de la libertad, y aquellos que la convierten en excusa para pecar demuestran que, en realidad, no son libres, sino esclavos del pecado (Jn. 8:34).
Por tanto, la libertad debe emplearse para servir a los hermanos, despojándonos de nosotros mismos para cuidar de otros y vivir en santidad delante de Dios. Es importante discernir que no todo lo que el mundo llama “libertad” lo es en realidad. Muchas veces, el mundo intenta pervertir este concepto y arrastrar a los creyentes al libertinaje.
No permitamos que ideas ajenas al evangelio nos roben el gozo de servir. La verdadera libertad se manifiesta cuando vivimos para Dios y para los demás, viendo el fruto de Su obra en nuestras vidas y en la iglesia.
