Llamados a vivir en libertad prt 3

A group of people hugging outdoors, symbolizing friendship and unity.

Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros.Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: «AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO». Pero si ustedes se muerden y se devoran unos a otros, tengan cuidado, no sea que se consuman unos a otros. Gl 5:13–15.

 La libertad en Cristo nos conduce inevitablemente al amor. No hay forma de que un creyente que vive en la verdadera libertad no ame. Cuando estábamos muertos en nuestros pecados (Ef. 2:1), el amor nos era ajeno; estábamos lejos de la ciudadanía celestial, y esa distancia se evidenciaba en que el amor no gobernaba nuestras vidas. Éramos hijos de desobediencia (Ef. 2:3), viviendo conforme a nuestra naturaleza caída.

Pero ahora, al conocer la ley y la gracia, y habiendo sido alcanzados por la obra de Dios, nuestro llamado es claro: amar. Esta es la verdadera expresión de la libertad en Cristo. Ya no vemos la ley como una carga, sino como un deleite; deseamos cumplirla, aunque en nosotros mismos no tengamos la capacidad perfecta para hacerlo. El creyente genuino usa su libertad para amar, para obedecer a Dios y para servir a los demás. Cualquier concepto de libertad que no busque el bien del prójimo es, en el fondo, egoísta.

La Escritura es contundente: el que no ama a su hermano no puede decir que es de Cristo (1 Jn. 3:10–11). El amor del creyente es el que proviene de Dios: un amor que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta; que no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, sino que se goza en la verdad (1 Co. 13:4–7).

La libertad en Cristo nos enseña a amar de manera sacrificial, siguiendo el modelo de Cristo (1 Jn. 3:16). Es una libertad que se entrega, que se da por otros. En ese sentido, la libertad se convierte en un instrumento de amor, mediante el cual reflejamos la gracia que hemos recibido. Un creyente que no ama no está viviendo en libertad, sino en esclavitud al pecado. Toda “libertad” que no está marcada por el amor al hermano no proviene de Cristo, sino que es una forma de libertinaje.

Hermanos, decidir amar es una de las expresiones más altas de la vida cristiana. Al usar nuestra libertad para amar, bendecimos nuestras propias almas, edificamos a nuestros hermanos y fortalecemos a la iglesia. Pero, sobre todo, glorificamos el nombre de Dios. Cuando la libertad se usa correctamente, sus frutos siempre serán buenos, aunque en ocasiones impliquen sacrificio.

Es mejor amar y sufrir por causa de ese amor que vivir consumidos por el orgullo, la ira o el resentimiento. Recordemos que fuimos llamados a libertad para amar, y que en ese amor encontramos verdadero deleite.