Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra. Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor. Ef 6:2–4.
Honrar a los padres tiene que ver con cuidarlos y protegerlos cuando es necesario (Éx. 20:12). Los hijos deben obedecer a los padres porque es justo, pero no solo eso, deben también velar por su bienestar; en otras palabras, parte de las responsabilidades que los hijos tienen es apoyar a sus padres cuando estos lo necesitan (Ef. 6:2-3).
En este sentido se ha escrito este mandamiento, para que los hijos tengan cuidado de sus padres en los días de su vejez y, cuando estos ya no puedan sustentarse por sí mismos, lo hagan sus descendientes. Cada hijo debe aprender a hacerse responsable de las necesidades de quienes lo han cuidado en su niñez (1 Ti. 5:3, 4). Es importante que se note la preocupación de Dios desde la antigüedad para que nadie en el pueblo pasara necesidades ni precariedades; para ello, delega la responsabilidad a los hijos para el sustento de los padres (Pro. 23:22).
Otro dato no menor es que los hijos no pueden poner pretextos para no cuidar a sus padres; ni la cultura, la religión o algún voto que se quiera hacer puede invalidar este mandamiento. En la época de Jesús, algunos dedicaban sus cosas al Señor para que pudieran recibir la ganancia de ellas y, a la vez, no darles a sus padres porque hacían un voto inquebrantable donde primero estaba Dios y luego las posesiones. Este voto llegó a ser una suerte de fraude fiscal; eventualmente, quien hizo el voto moriría y los bienes le quedaban a los sacerdotes; mientras vivía, disfrutaba de ellos sin verse obligado a ayudar a sus padres (Mt. 15:4–6).
Esta tradición se opone totalmente a la ley del Señor; se había convertido en un pecado inmoral de manera que los hombres enseñaban a oponerse a los principios divinos para su propio beneficio (Mt. 5:19). En la sociedad de los cristianos esto no debe pasar; los creyentes deben volver a la ley y a la justicia para que les vaya bien en la vida (Mc. 7:10-13). Cada uno, conforme a la voluntad de Dios, recibirá conforme a lo que ha sembrado (Gá. 6:7).
En todo caso, la responsabilidad que los hijos tienen es ineludible; no existe pretexto con el que las personas evadan este mandamiento; deben cuidarse de no caer en la tentación de dejar de lado el apoyo que merecen los padres en los días de su vejez (1 Tim. 5:8). Es muy importante hacer notar que el Señor se preocupa a tal punto de que la sociedad cristiana sea funcional y de buen testimonio ante aquellos que rechazan sus mandamientos.
Hermanos, debemos enseñar y cultivar en la iglesia los mandamientos que el Señor ha dado para que los que no sean cristianos puedan ver la luz del evangelio (Mt 5:16). En todo esto, lo que está solicitando el Señor es que seamos luz en un mundo de oscuridad y eso implica ayudar y cuidar a los padres cuando lo necesiten, a diferencia del mundo indolente que los abandona y que no los apoya. El creyente debe ser conocido por su amor a los padres, que deriva del recibido del Padre celestial.
