Hijos, obedezcan a sus padres en el Señor, porque esto es justo.Honra a tu padre y a tu madre (que es el primer mandamiento con promesa), para que te vaya bien, y para que tengas larga vida sobre la tierra. Ef 6:1–3.
Pablo se moverá de la esfera del matrimonio a la esfera de la familia y de las relaciones sociales para mostrar cuál es la forma en la que cada creyente se debe conducir (Ef. 5:15–16). La esfera y modelo que cada uno debe seguir es la misma que los matrimonios: la de Cristo. La norma espiritual no cambiará; una persona que está dispuesta a seguirla debe estar dispuesta a modelarla en todos los ámbitos de la vida (1 Jn. 2:6).
A los hijos se les demanda obediencia; esto requiere que los hijos estén atentos a la voz del padre. Esto tiene mucho sentido porque el líder del hogar es Dios, y ha delegado liderar a los niños a los padres mientras estos crecen y son confrontados por el evangelio. Cuando un padre decide someterse, al Señor estará guiando a su familia hacia Cristo; aun para los más pequeños, cuando estos se encuentran con el Salvador, sujetarse se vuelve una tarea más sencilla porque entienden que obedecen al Padre celestial (Ef. 6:1).
Pablo dice además que esto es justo; en el concepto de justicia del Padre, Él añadió que los hijos deben someterse a sus papás. Lo grande de esto es que la ley de Dios es buena (Sal. 19:8) y la obediencia también es buena; el pueblo de Dios siempre ha proclamado que los mandamientos del Señor lo son (Neh. 9:13). En este caso, obedecer a los padres es una cuestión de reverencia a Dios y a su ley (Col. 3:20).
Esto nos lleva a un asunto que no se puede dejar pasar: los padres no deben exigir obediencia a los hijos por autoridad propia, no deben repetirles que ellos son los que mandan y que las cosas se harán de esta o aquella manera porque es así. La disciplina y el llamado a la obediencia deben marcarse en la Palabra de Dios y mostrarle los mandamientos que tiene sobre sí (Pr. 1:8, Pr. 6:20). La disciplina y la amonestación del Señor se dejaron para que los niños sean guiados al evangelio (Ef. 6:4).
Los hijos tienen tal deber delante del Señor que maldecir a los padres o herirlos era de pena de muerte en el Antiguo Testamento (Éx. 21:15, 17; cp. Lv. 20:9). Lo que significa que para el Señor, el que atenta contra sus padres es un reo de muerte. Aunque no estemos bajo la ley de Moisés, seguimos estando bajo el juicio del inmutable Señor que ha gobernado por siempre y seguirá en el trono por la eternidad (He. 13:8).
Hermanos, como hijos debemos estar dispuestos a buscar los medios para honrar a nuestros padres, sean creyentes o incrédulos. Un hijo tiene la responsabilidad de honrar a sus padres porque esto es lo que Dios ha determinado como justo (Éx. 20:12). Los hijos que están dentro del hogar y tienen padres incrédulos deben modelar el evangelio a ellos, siendo obedientes para que el Señor sea glorificado. Debemos recordarnos una y otra vez que nos sometemos a ellos porque Dios los ha puesto por autoridad sobre nosotros, y debemos honrarlo siguiendo sus mandamientos; con gozo lo haremos porque amamos a Cristo.
