Por esto el hombre dejara a su padre y a su madre, y se unira a su mujer, y los dos serán una sola carne. Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia. Ef 5:31–32.
Pablo cita al Génesis (Gn. 2:24) para cerrar su argumento acerca del matrimonio, aunque lo que está haciendo nuevamente es una semejanza con la iglesia y Cristo; en el principio, el diseño original del matrimonio es como una sola carne. Lo que derivó en que Eva fuese la que acompañara a Adán en todos sus días, pero por causa del pecado, esa relación íntima empieza a romperse y el matrimonio a perder fuerza. Ahora no hay que ir hasta Adán para entender la relación marital; basta con ver cómo actúan los cónyuges y cómo deben someterse ambos al Señor (Efesios 5:21).
Dicho lo anterior, hay otra enseñanza que sobresale y a la cual muchas veces se le quiere poner portillos para saltarse la verdad y el principio bíblico. El hombre casado debe hacer su hogar separado de los núcleos familiares que en algún momento lo sostuvieron para empezar a liderar lo suyo propio (Mateo 19:5). Los grandes fracasos y conflictos que devienen en la iglesia entre los matrimonios y los suegros es porque este principio es quebrantado; los padres no quieren dejar ir a sus hijos y los hijos no quieren salir de sus casas.
Sin ser legalistas en este principio, es bueno entender que, a medida de lo posible, los padres no deben alojar a los nuevos matrimonios bajo su propio techo; este es un problema que es recurrente entre los latinos y me los encuentro a menudo. Tener a la familia cerca casi siempre es bueno, pero no deja de crear conflictos. Los hombres del hogar que con madurez han decidido casarse deben tener la misma madurez para asumir los costos del matrimonio; una joven que ha querido dar el paso hacia el altar también debería con ello dar los pasos hacia afuera de lo que fue su casa (Proverbios 24:27).
A título personal, siempre recomiendo a los suegros, a no ser por causa de fuerza mayor, entiéndase enfermedades o situaciones muy graves, no alojar a sus hijos casados en casa; es preferible que les ayuden a pagar unos días un alquiler a que luego se alojen para siempre en su casa. La razón es sencilla: ese es el diseño de Dios que no debemos quebrantar a medida de lo posible. Literalmente, este principio se repite cuatro veces en las escrituras (Gén 2:24, Mat 19:5, Mar 10:7–8, Efe 5:31); de alguna manera, esto muestra lo serio que es este tema para el diseño del matrimonio.
Aunque habrá excepciones a esta regla cuando los hijos deban honrar a sus padres y cuidar de ellos, o alguna enfermedad muy delicada, cuando dependa de nosotros, defendamos el matrimonio en su diseño original para mostrarle al mundo que un hombre casado, aun en medio de sus pobrezas o necesidades, puede seguir confiando en Dios y no en el brazo de carne (Salmo 118:8). No olvidemos que los matrimonios cristianos están para modelar a Cristo a quienes no lo pueden ver ni percibir.
Hermanos, este principio del matrimonio fue dejado ahí con el propósito de que entendamos cómo Cristo estuvo dispuesto a dejar su hogar, humillándose para buscar a su esposa y purificarla (Filipenses 2:6-7), aunque la unión eterna no se ha ejecutado a plenitud, ya que la iglesia le pertenece solo a Él. Pero también debemos tener cuidado de no estar estropeando el diseño original del matrimonio en «beneficio mío o de otros». Si Dios quiere que los matrimonios formen su hogar fuera del hogar de sus padres, deberíamos estar animándolos para que construyan su futuro y su relación más cerca del Señor y más lejos de sus padres terrenales.
