Mi oración es que los ojos de su corazón les sean iluminados, para que sepan cuál es la esperanza de Su llamamiento, cuáles son las riquezas de la gloria de Su herencia en los santos, y cuál es la extraordinaria grandeza de Su poder para con nosotros los que creemos, conforme a la eficacia de la fuerza de Su poder. Ef 1:18–19.
Pablo ora para que los creyentes comprendan el poder de Dios y cómo este se ha manifestado de manera suprema en la resurrección de Jesucristo (Ef. 1:20). Este poder es verdaderamente extraordinario; no es un poder común ni comparable con nada que el hombre haya visto. Es el poder que levanta a los muertos y los conduce a la vida eterna, tal como se evidenció en Cristo (Hch. 3:15).
En este sentido, Dios es eficaz en todo lo que ha determinado. Nada escapa a Su control; todo está bajo Su autoridad. Aun cuando las circunstancias parezcan adversas o sin esperanza, Dios permanece fiel y actúa conforme a la eficacia de Su poder. Su naturaleza eterna y Su poder invisible se hacen evidentes en la forma en que sostiene y dirige todas las cosas (Ro. 1:20).
Por medio de este poder manifestado en la resurrección, Dios ha vencido a quien tenía el dominio de la muerte (He. 2:14). No solo derrotó la muerte, sino también al diablo, quitándole toda pretensión de dominio sobre la humanidad. Cristo, el Rey de gloria, ha triunfado, y en Su victoria ha asegurado la victoria de todos los que creen en Él (1 Co. 15:20–26).
Este poder garantiza la veracidad de Sus promesas. Todo lo que Dios ha dicho se cumplirá, porque Él tiene el poder para hacerlo. La esperanza de la resurrección no es una idea abstracta, sino una realidad firme, confirmada en la resurrección de Cristo y aplicada a nuestras vidas desde el momento en que creemos.
A la luz de esto, debemos considerar nuestra responsabilidad: llevar este mensaje a quienes aún viven sin esperanza (Ro. 1:16). El evangelio es poder de Dios para salvación, y es por medio de él que otros pueden conocer la vida que hay en Cristo. Esta tarea corresponde a la iglesia, confiando en que el Espíritu Santo obrará en los corazones (1 Ts. 1:5).
Mientras tanto, estamos llamados a vivir para la gloria de Dios, conscientes de Su presencia y del poder que obra en nosotros (Ef. 3:20). Vivimos esperando el cumplimiento de Sus promesas, perseverando en la fe y trabajando para Su reino hasta el día en que todo se cumpla plenamente.
