Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como a sus propios cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama. Porque nadie aborreció jamás su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, así como también Cristo a la iglesia; porque somos miembros de Su cuerpo. Ef 5:28–30.
Pablo nos ha mostrado lo que significa amar, mostrando el carácter de Dios y el amor manifestado por medio de la obra de Jesucristo en favor de la iglesia para presentarla pura y sin mancha. Ahora recurre a otro símil para que no queden dudas de lo que se espera de un marido hacia su esposa. Los hombres deben entender cómo amar a sus esposas, especialmente porque a ellas se les demanda someterse y ellos deben cuidarlas y protegerlas como Dios demanda para que el matrimonio se sostenga en medio de la sociedad (Col. 3:19).
Por supuesto, cada persona cuida su propio cuerpo; nadie está ocupado en lastimar su carne. Esto es lógico; al contrario, desde muy pequeños se enseña a los niños a cuidar sus cuerpos y a mantenerlos sanos y salvos. Por lo que el sentido claro de este mensaje es que nadie aborrece a su propio cuerpo, lo sustenta, alimentándolo y protegiéndolo; ese mismo esmero debe haber para amar a su esposa (Fil. 4:19).
Pablo utiliza este símil por una cuestión muy sencilla: el hombre es con su esposa una sola carne, lo que significa que lastimar a la esposa es lastimar el mismo cuerpo (Gn. 2:24). De hecho, se le ha dicho que debe tratarla con mucho cuidado (1 P. 3:7); debe hacer que su cuerpo, que su propia carne, se santifique, crezca en la fe y esté bajo la disciplina del Señor. Todo este trabajo les corresponde a los maridos que aman a sus esposas (Gá. 6:1-2).
Pablo vuelve a insistir: así como Cristo sustenta a la iglesia, cada hombre debe cuidar y sustentar a su esposa. He aquí la razón por la que los incrédulos no pueden cuidar de sus parejas como Dios manda: no conocen su amor y su esmero por mantener en pie la iglesia (1 Jn. 4:19). Solo los creyentes entienden lo que ha costado salvar a la iglesia, lo que significa el perdón obtenido en la cruz y lo que significa ser perdonado cada día para que la iglesia crezca.
Todo este asunto del matrimonio se resuelve enseñando el evangelio; a menudo los varones ignoran lo que significa realmente ser amado por Dios y el sacrificio que significó nuestra salvación. Para mantener matrimonios sanos, el secreto está en que la mujer entienda que para la iglesia es una bendición ser conducida por Cristo y que el hombre entienda cómo Él la ama, y que ambos cónyuges imiten ese amor (Ef. 5:2).
Hermanos, los matrimonios siempre serán un blanco de Satanás, porque él no desea de ninguna manera que el amor de Cristo sea reflejado a este mundo; por ello, debemos activamente cuidar nuestros hogares y no debemos olvidar el modelo que tenemos en Cristo (1 Pe. 5:8). Tampoco debemos olvidar cuán pecadores somos y lo necesitados de la misericordia de Dios para que, con la medida que la recibimos, podamos darla a nuestra pareja. Amar y someternos no debe ser una carga para aquellos que entienden que, al final, este modelo perfecto trae gloria a Dios, porque sirve de testimonio para esta sociedad que vive sin Cristo y sin esperanza (Mt. 5:16).
