«Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor». — Efesios 4:2
Al hablar de la paciencia desde la perspectiva de Dios, esta se podría traducir como soportar bajo presión a los pecadores para no extinguirlos, a fin de que se arrepientan (Jonás 4:2). Por eso, esta característica está íntimamente relacionada con el juicio. Constantemente se dice que Dios es «lento para la ira y grande en misericordia» (Éxodo 34:6). Tener paciencia, en este sentido, es el acto divino de no pagar instantáneamente al pecador por sus malas obras.
Dicho esto, sabemos que el Señor es paciente y lo ha sido con cada uno de nosotros para llamarnos hijos suyos. Por lo tanto, deberíamos imitar este comportamiento divino (Colosenses 3:12) y mostrar a los demás la misma paciencia que el Señor tuvo con nosotros para que llegásemos al arrepentimiento y al conocimiento de la verdad (Romanos 2:4).
Por supuesto, esta paciencia misericordiosa es fruto exclusivo del Espíritu Santo (Gálatas 5:22); no se puede imitar ni producir de ningún otro modo. Es por ello que el impío es vengador y se llena de amargura, de venganza, de odio y de rencores contra todos aquellos que le han hecho mal. Mientras tanto, Dios, que es perdonador, nos manda a perdonarnos los unos a los otros como Él lo ha hecho. Nos exige mostrar a nuestros hermanos ese mismo nivel de paciencia y de misericordia que Él nos mostró (Colosenses 3:3).
La paciencia también tiene sus galardones. Esperar y aguardar es otra forma de manifestar paciencia; en otras palabras, consiste en no desesperarse ni con Dios ni con los hermanos. Esta es, quizás, la forma en la que más queremos la paz. Sin embargo, a veces no sabemos esperar el tiempo del cumplimiento de las promesas de Dios (Hebreos 6:12). Por eso es necesario que juntos nos estimulemos a la paciencia y a la buena obra de aguardar y esperar en Dios lo que ha prometido, mientras nos soportamos los unos a los otros en amor.
Un ejemplo de esto serían los profetas, quienes hablaron pacientemente al pueblo de Israel aunque sus pecados y sus corazones se alejaban de Dios (Santiago 5:10). A pesar de todo ello, no desmayaron ni dejaron de hacer la obra que se les encomendó. Nosotros no deberíamos pensar que podemos dejar a nuestros hermanos de lado solamente porque no cumplen nuestras expectativas o porque se alejan del Señor. Debemos cuidarlos y amarlos con paciencia, tal como lo hacían los profetas, aun cuando se sabía el final que el pueblo tendría (1 Pedro 3:20).
Hermanos, para lograr tener el vínculo de la unidad en el Espíritu, debemos ser pacientes los unos con los otros y cultivar ese fruto tan anhelado del Espíritu Santo (Colosenses 1:11). Debemos esperar en Dios, en sus promesas y en la obra que Él está haciendo en cada uno de nuestros hermanos. No olvidemos que Él es quien está tratando los corazones y las almas, y es Él quien las está perfeccionando para el día final. Por eso, debemos amar y cuidar a nuestros hermanos para que podamos gozarnos juntos en la obra final de Cristo.
