Humildad que Refleja a Cristo

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Que vivan con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándose unos a otros en amor, esforzándose por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz. Efesios 4:2–3

Vivir como es digno del evangelio implica muchas cosas, pero todas pueden resumirse en una sola: una dependencia absoluta del Espíritu Santo. Esa dependencia de Dios termina proveyendo al creyente todo lo necesario para que el fruto del Espíritu sea evidente en su vida (Fil. 1:27).

Lo que el apóstol Pablo señala es que esta manera de vivir requiere humildad de parte de todos los creyentes (Ef. 4:1). Esto significa que el cristiano debe ser considerado con los demás, viéndolos como superiores a sí mismo y procurando que sus propios intereses no estén por encima de las necesidades de quienes lo rodean (Ro. 9:1–3).

La humildad es una de las virtudes más difíciles de practicar, porque requiere sacrificio y una disposición constante a pensar primero en el prójimo antes que en uno mismo. Implica buscar el bien de quienes están a nuestro lado y, al hacerlo, apartar la mirada de nuestros propios deseos y deleites (1 Co. 10:24).

Jesús fue, sin duda, el hombre más humilde que ha existido. Él mismo llamó a Sus discípulos a aprender de Su ejemplo. Para vivir de esta manera necesitamos crecer en el conocimiento de Cristo y en la comunión con Él, para poder imitar Su carácter (2 P. 3:18).

Cuando observamos la obra sacrificial de Jesucristo y Su entrega en la cruz por amor a los creyentes, entendemos hasta dónde puede llegar una vida verdaderamente humilde. Cristo se entregó completamente por el bien de otros.

Pablo escribe en Filipenses que los creyentes deben tener el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús. Aunque Él era Dios, no se aferró a Sus derechos, sino que se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Fil. 2:3–8). Toda esta manifestación de humildad fue en favor de los creyentes, para que pudieran alcanzar la vida eterna que por sí mismos jamás habrían podido obtener.

Definitivamente, la humildad es un reto para cada cristiano. Alcanzar la perfección de la humildad de Cristo es imposible para nosotros, porque solamente Él es perfectamente humilde. Sin embargo, sí tenemos la responsabilidad de reflejar Su carácter y enseñar a otros, con nuestra manera de vivir, quién es Cristo (1 Ts. 4:1).

Por eso, la primera manera de vivir dignamente del evangelio es siendo humildes para conservar la unidad de la iglesia, que es el cuerpo de Cristo. Hacer lo contrario —vivir dominados por el orgullo— solo traerá división, conflictos y destrucción en medio del pueblo de Dios.

Hermanos, debemos esforzarnos cada día por manifestar el carácter humilde de Jesucristo en nuestras vidas, para andar como dignos hijos Suyos y preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz.