Yo, pues, prisionero del Señor, les ruego que ustedes vivan de una manera digna de la vocación con que han sido llamados. Efesios 4:1
Los seres humanos, por naturaleza, nos adaptamos a las circunstancias que nos rodean. Hacemos cambios, nos ajustamos a reglamentos y seguimos disciplinas establecidas por la sociedad. Aunque muchas veces no lo notemos, siempre estamos cambiando y acomodándonos a distintos ambientes.
Los creyentes también deben ser personas dispuestas a cambiar y a someterse a la voluntad de Dios. Deben ser lo suficientemente humildes y maleables para dejarse moldear por la Palabra y por las disciplinas espirituales que el Señor establece para Su pueblo.
En esta sección, el apóstol Pablo comienza a presentar una serie de mandamientos y enseñanzas que muestran lo que significa vivir para Cristo (Col. 1:28). Por alguna razón, algunos creyentes piensan que en la iglesia no deben existir normas ni principios que rijan la conducta cristiana, como si la vida espiritual estuviera desligada de toda disciplina.
Sin embargo, así como en el trabajo existen códigos de conducta, en el deporte hay disciplina y reglas, y en la sociedad hay normas de convivencia, también la vida cristiana tiene principios establecidos por Dios. Nadie llama autoritarios o legalistas a quienes establecen reglas en otras áreas de la vida; de la misma manera, no deberíamos rechazar los mandamientos de Dios, sino aceptarlos y amarlos, porque provienen de Él y buscan nuestro bien.
Pablo no está dando un mandamiento aislado. A partir de este punto desarrolla una serie de instrucciones que muestran cómo debe vivir un creyente. Hoy, debido a la secularización del evangelio, muchas personas consideran estos mandamientos como legalismos y no están dispuestas a asumirlos como Palabra de Dios.
Eso es peligroso. Abandonar los preceptos del Señor y los principios que Él ha establecido para la sana convivencia entre creyentes e incrédulos nos llevará a vivir más como el mundo que como santos apartados para Dios y perfeccionados para la obra del evangelio (2 Ti. 3:16–17).
Por eso debemos vivir conforme a la vocación con la que fuimos llamados. Es decir, conforme al evangelio, a la santidad del Señor y apartándonos de la impiedad de este mundo.
No existe un reglamento externo sencillo que pueda demostrar por sí solo que una persona pertenece verdaderamente a Cristo. Eso sería fácil de imitar. Cualquiera podría aparentar externamente una vida piadosa. Pero el estándar de Dios va mucho más profundo: está ligado al corazón. Se trata de un cambio verdadero de actitud y de naturaleza, que se refleja exteriormente porque Cristo mora en el interior del creyente (1 Ts. 4:1).
Definitivamente, los capítulos cuatro y cinco de Efesios presentan una serie de mandamientos que enseñan lo que significa vivir conforme al evangelio (1 Ts. 2:12). Por eso debemos estar dispuestos a ser transformados por el poder de la Palabra y por el conocimiento de Dios (2 P. 3:18), recordando que ya fuimos transformados cuando el Espíritu Santo vino a morar en nosotros.
Ahora nos corresponde vivir de una manera digna del llamamiento que hemos recibido (Fil. 1:27).
