No provoquen a ira a sus hijos.

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man and boy walking on seashore under blue sky

Y ustedes, padres, no provoquen a ira a sus hijos, sino críenlos en la disciplina e instrucción del Señor. Ef 6:4.

En la tradición romana, el padre de familia era el que tenía la patria potestad sobre cada uno de los miembros de la casa; esto les daba una autoridad absoluta sobre sus hijos. Cuando un padre decidía darle muerte a uno de sus hijos o esclavizarlo, nadie se oponía, porque la ley le permitía hacerlo. Así que emocionalmente no eran modelos para seguir; estaban muy por debajo de lo que hoy se conoce.

El mandamiento que Pablo introduce en su epístola es revolucionario porque va totalmente en contra de todo lo que la sociedad ha permitido y tolera. Los padres —en plural para hacer hincapié en la pareja— deben cuidarse de no provocar la ira de sus hijos (Ef. 6:4). Deben evitarse patrones repetitivos que estén guiando a los niños a la ira; es decir, un patrón de comportamiento de los padres que poco a poco puede asfixiar a los hijos hasta convertirlos en rebeldes (Col. 3:21).

Si bien es cierto, para la época romana quizá no provocar ira sea algo totalmente diferente a lo que hoy se pudiera conocer, porque los ambientes y las formas de maltratos que se vivían en los primeros siglos definitivamente hacían que los jóvenes se levantaran contra sus padres o los deshonraran en su vejez, porque no se cultivaba el amor. En una manera distinta de actuar y en una época diferente, los padres tienen la misma responsabilidad.

Provocar la ira a los hijos puede manifestarse en conductas que la misma sociedad promueve, como la sobreprotección hasta el punto de apagar en los infantes el carácter necesario para sobrevivir en un mundo que demanda de ellos cierta independencia y capacidad para tomar decisiones. La competitividad entre hermanos o con la que la misma sociedad demanda, o que cumplan con estándares o sueños que los padres tienen y no con los que el Señor demanda, también es una causa recurrente. Implantar exigencias en los corazones de ellos cuando no tienen la capacidad de hacerlo, por su desarrollo o porque no tienen edad, también les puede provocar frustración (Gá. 6:4).

Lo cierto del caso es que los padres de esta época deben buscar el equilibrio entre el sacrificio que deben hacer por sus hijos y la educación cristiana que deben darles. Cuidado de predicarles el evangelio sin cristianizarlos; es decir, sin volverlos cristianos sociales y no realmente seguidores de Cristo. Deben tener el cuidado de disciplinarlos en amor y corregirlos para guiarlos sin ser abusivos, porque de esto también se le dará cuentas a Dios (Heb. 13:17).

Hermanos, pasamos de padres que gobernaban despóticamente sobre la vida de los hijos hasta el extremo moderno que quiere criar a los niños a expensas de los caprichos de los hijos. Debemos cuidar nuestros corazones y nuestras mentes para que la crianza que se les provee a los pequeños sea la justa y la necesaria para que puedan conocer el amor de Dios que habita en los padres, y para que tengan las herramientas necesarias para vivir en esta sociedad (2 Tim. 3:15). No se puede dejar de disciplinarlos y amonestarlos, pero debe hacerse en el temor y la reverencia que el Señor demanda. Recordemos que el objetivo de todos estos mandamientos es que la sociedad vea el reflejo de Cristo en los hogares cristianos y vea la luz del evangelio modelada (Mt. 5:16).