Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados,en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Ef 2:1–3.

El capítulo dos de Efesios nos presenta con claridad la salvación que los creyentes disfrutamos por gracia. Antes de mostrar la grandeza de esa salvación, Pablo expone nuestra condición pasada: estábamos completamente necesitados de ella. Sin la obra de Dios, jamás habríamos podido ser salvos. Éramos incapaces, dominados por el pecado que conduce a la muerte (Ro. 6:23). Pablo describe esta condición como muerte espiritual: una incapacidad total para buscar a Dios o responder a Él.

Esta muerte en delitos y pecados es presentada como una realidad pasada. Esto implica que, en Cristo, los creyentes han sido vivificados. Han sido sacados de la condición de muerte heredada desde Adán (Gn. 2:17). Un muerto no puede tener comunión con un Dios vivo; de la misma manera, el pecador no puede relacionarse con un Dios santo (Ef. 4:18).

Pablo refuerza esta verdad en otros pasajes: el pecado afecta a toda la humanidad (Ro. 5:12), su consecuencia es la muerte (Ro. 6:23), y tanto judíos como gentiles están bajo condenación (Ro. 3:9). Por ello, nadie puede alcanzar por sí mismo la gloria de Dios (Ro. 3:23).

En resumen, Pablo nos muestra cuán profunda era nuestra necesidad. Estábamos perdidos y sin esperanza, pero esa condición fue transformada por la obra de Jesucristo en la cruz. Él limpió nuestros pecados y nos dio vida, aun cuando no la buscábamos ni la deseábamos, pues nuestros corazones estaban inclinados al pecado (Jn. 16:8; Ro. 6:16). Esto magnifica aún más su gracia: nos salvó a pesar de nosotros mismos.

Esta verdad debe producir en nosotros humildad al compartir el evangelio. Debemos recordar que, así como nosotros estuvimos muertos, también lo están quienes aún no creen. Por eso, más que confiar en nuestras fuerzas, debemos depender de Dios y orar para que Él dé vida, quite la ceguera espiritual y conceda arrepentimiento.

No debemos frustrarnos ni sorprendernos si el mundo no responde al evangelio, porque los muertos no pueden ver ni entender las cosas espirituales. Esa era nuestra condición. Pero ahora, por gracia, hemos sido vivificados.

Por tanto, nuestra respuesta no debe ser orgullo, sino profunda gratitud. Demos gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros, reconociendo que todo ha sido por su gracia.