Bajo el gobierno de Cristo

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Y todo lo sometió bajo Sus pies, y a Él lo dio por cabeza sobre todas las cosas a la iglesia, la cual es Su cuerpo, la plenitud de Aquel que lo llena todo en todo. Ef 1:22–23.

Cuando Cristo resucitó, fue exaltado nuevamente al lugar eterno de gloria que le pertenece desde el principio. Se le otorgó autoridad sobre todas las cosas; nada escapa a Su soberanía. Al ocupar su lugar supremo, también fue establecido como la única cabeza de la iglesia (Col. 1:18).

El gobierno de Cristo, como Señor resucitado, abarca todo: poderes celestiales y terrenales, principados y potestades (Col. 2:15). Nada queda fuera de Su dominio perfecto. La iglesia, como su cuerpo, está sujeta a Él y está llamada a obedecerle y someterse a su dirección, permaneciendo fiel a su Señor.

La iglesia es el cuerpo de Cristo, y todos los creyentes forman parte de este organismo vivo (1 Co. 12:12–31). Esto implica que no somos independientes, sino que vivimos bajo la dirección de la Cabeza. Lo que Él determina impacta directamente a su pueblo, guiándolo con sabiduría y propósito (Ro. 12:4–5). Por ello, es necesario someternos a Su voluntad con humildad y confianza.

Jesucristo es pleno y lo llena todo. En Él habita toda la plenitud de la Deidad (Col. 1:19), y solo Él tiene la autoridad para someter todas las cosas y recibir toda la gloria que le corresponde. La iglesia, entonces, existe bajo Su liderazgo y para Su gloria.

Al contemplar la obra completa de Cristo —su muerte, resurrección y exaltación— entendemos que estar bajo Su autoridad no es una carga, sino una bendición incomparable. Como dijo Pablo, nuestra vida debe estar completamente rendida a Él (Fil. 1:21).

Hermanos, hemos sido llamados a vivir para Cristo. Esta verdad se hace evidente cuando cuidamos de su cuerpo, la iglesia, y nos entregamos en amor unos por otros (1 Jn. 3:16). Ahora que sabemos que todas las cosas están sujetas a Él (He. 2:8), sometámonos también nosotros a Su gobierno y disfrutemos de Su guía, la cual nos conduce a la gloria eterna.