Ese poder obró en Cristo cuando lo resucitó de entre los muertos y lo sentó a Su diestra en los lugares celestiales, muy por encima de todo principado, autoridad, poder, dominio y de todo nombre que se nombra, no solo en este siglo sino también en el venidero. Ef 1:20–21.
El poder de la resurrección, por medio del cual nuestra salvación está asegurada, es el mismo poder con el que Dios levantó a Cristo de entre los muertos (Col. 2:12). Este poder no solo venció a la muerte, sino que somete todas las cosas; gobierna sobre todo el universo. Por eso, los creyentes pueden tener plena convicción en la promesa de la vida eterna (Ef. 3:20).
El mismo poder que sentó a Cristo a la diestra del Padre es el que también nos ha dado una posición gloriosa en Él (Ef. 2:6). A Jesús le fue devuelto su lugar celestial, su trono y su honor, tal como había sido anunciado (Sal. 110:1). Su exaltación es una verdad central de la fe cristiana (Fil. 2:9–11).
Muchas veces, al pensar en la salvación, nos enfocamos únicamente en la cruz y, en ocasiones, en la resurrección; sin embargo, el poder que salva incluye también la exaltación y el dominio de Cristo. Sin su glorificación, la obra estaría incompleta. Es precisamente su autoridad universal la que garantiza la seguridad del plan de redención (Ef. 1:22; 6:11–12).
Cristo está por encima de todo y de todos. Su Nombre es supremo sobre cualquier otro nombre (Fil. 2:9–11). En esa autoridad, Él salva a su pueblo de sus pecados (Mt. 1:21) y preserva a su iglesia. Ni siquiera el Hades podrá prevalecer contra ella (Mt. 16:18).
En su poder eterno, Cristo decidió salvar a su iglesia y fue exaltado en gloria. Toda autoridad en el cielo y en la tierra le pertenece (Jn. 3:35), y así será hasta el fin de los tiempos.
Esta verdad no debe quedarse solo en la teología; debe impactar profundamente nuestra fe. El poder de la resurrección garantiza que las promesas de Dios se cumplirán. Todo ha sido puesto bajo los pies de Cristo, y la iglesia le pertenece (1 Co. 3:23).
Cada creyente pertenece a Cristo y está seguro en Él. No hay razón para dudar del poder de Dios para salvarnos. Debemos afirmar nuestra confianza en sus promesas y en la herencia celestial, sabiendo que el poder que opera en nosotros es el mismo poder de la resurrección, y que un día ese mismo poder nos glorificará plenamente (1 Co. 15:22–27).
