Acceso al Padre por medio de Cristo

A young man wearing a black hat reads a book by an illuminated cross in a dimly lit room.

Y vino y anunció paz a ustedes que estaban lejos, y paz a los que estaban cerca. Porque por medio de Cristo los unos y los otros tenemos nuestra entrada al Padre en un mismo Espíritu. Ef 2:17–18.

Dentro de las grandes misericordias que Dios ha mostrado está el haber enviado a Su propio Hijo al mundo para salvarlo (Jn. 3:16) y, además, para que Él mismo fuese el pregonero del mensaje de salvación (Mr. 1:14). Cuando Jesús estuvo en la tierra, predicó tanto a los que estaban cerca —los que conocían la ley y los profetas— como a los que estaban lejos, quienes ignoraban el mensaje de salvación. Es decir, fue un predicador universal de la paz.

Ahora ese mismo mensaje ha sido encomendado a los creyentes, quienes son llamados a hacer discípulos en todas las naciones (Mt. 28:18–20). Jesús no solo anunció paz, sino que la dio a Su pueblo (Jn. 14:27), e hizo posible esa paz por medio de Su obra, para que tengamos comunión con Él y con el Padre (He. 13:20).

Estar en paz con Dios no es algo menor, y este mensaje de paz tampoco lo es. Lo que hace es quitar la culpa del pecado que pesa sobre las personas, las cuales estaban lejos de Dios y sin esperanza, y acercarlas para que tengan acceso a Su presencia (Ro. 5:1). Ya no hay enemistad, sino reconciliación; ya no hay distancia, sino entrada a la familia espiritual de Dios (Ef. 3:12).

La salvación es una obra integral de Dios en la vida del ser humano. Cuando estábamos muertos en delitos y pecados, Él envió a Su Hijo para pagar nuestra deuda y anunciar salvación. Nos concede fe para creer (Ro. 8:29) y nos da Su Espíritu para que vivamos en dependencia de Él. Es el Espíritu quien clama en nuestro corazón y nos mueve a adorar al Padre, dándonos también entendimiento de quién es Él (Ro. 8:15–17; Gá. 4:5–6).

Todo esto hace posible que el creyente pueda acercarse al trono de la gracia con confianza, esperando ser escuchado y recibir el oportuno socorro (He. 4:16). Cuando decimos que Dios nos ha acercado por medio de Jesucristo, hablamos de esta obra completa: ahora podemos venir delante de Él sin temor ni vergüenza, porque tenemos entrada por la sangre de Cristo y por el Espíritu que mora en nosotros.

Teniendo esta libertad, debemos ser conscientes de nuestra necesidad de comunión con el Padre (Sal. 42:1–2). En términos teológicos, Dios no depende de nuestra comunión, pero nosotros sí dependemos completamente de Él y de Su gracia (Jn. 14:23). Por eso, no debemos tomar en poco esta obra ni este mensaje que Jesucristo vino a traer.

Acerquémonos, entonces, al Padre por medio de Cristo. Busquemos en Él paz, socorro en los días difíciles y gozo en la comunión diaria. Todo esto es posible por la obra perfecta de Cristo en la cruz.