Memoria que produce gratitud

Black and white photo of a person wearing a bull mask, sitting and holding a can on a street.

Por tanto, recuerden que en otro tiempo, ustedes los gentiles en la carne, que son llamados «Incircuncisión» por la tal llamada «Circuncisión», hecha en la carne por manos humanas,recuerden que en ese tiempo ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel, extraños a los pactos de la promesa, sin tener esperanza y sin Dios en el mundo. Ef 2:11–12.

Después de recordar las bendiciones que los creyentes han recibido en Cristo por la gracia salvadora, Pablo nos lleva a mirar hacia atrás. No para condenarnos, sino para que nuestros corazones no se llenen de orgullo, sino de gratitud. Recordar de dónde venimos es clave para valorar lo que ahora tenemos.

En primer lugar, Pablo señala que éramos ajenos a las promesas. No formábamos parte del pueblo del pacto, no estábamos incluidos en la promesa dada a Abraham como nación (Am. 3:2). Israel había sido escogido como pueblo de Dios y como instrumento de bendición para las naciones. Por eso, ser “incircunciso” no era solo una etiqueta cultural, era una evidencia espiritual: estábamos lejos de Dios y sin esperanza.

La descripción es fuerte, pero real: separados de Cristo, excluidos, extraños, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Esa era nuestra condición. No es exageración, es diagnóstico. Y lo más serio es que vivíamos así sin ser plenamente conscientes de nuestra necesidad. Pero ahora, por gracia (Ef. 2:8–9), todo ha cambiado.

Esto debería llevarnos a una vida de profundo agradecimiento. Hoy somos parte del pueblo de Dios, herederos de promesas que antes no conocíamos ni buscábamos. No lo merecíamos, pero nos fue dado.

También es importante reconocer que esa condición no era neutral: vivíamos en contra de Dios. Por eso, recordar nuestro pasado nos guarda del orgullo. Dios no hace acepción de personas (Ro. 2:11); si hoy somos salvos, es únicamente por su gracia soberana.

La ira de Dios que estaba sobre nosotros (Ro. 1:18–21) fue cargada por Cristo. Él hizo posible lo imposible: nos trajo a las promesas, nos hizo pueblo cuando no lo éramos, y nos acercó al Padre cuando estábamos lejos. Toda esta obra es pura gracia.

Hermanos, si perdemos de vista de dónde nos sacó el Señor, perderemos también la profundidad del agradecimiento. Recordar nuestra antigua condición no nos hunde, nos ubica. Nos hace humildes y nos lleva a vivir en gratitud constante por la salvación y la vida eterna que ahora tenemos en Cristo.