Acercados por la sangre, unidos en Él

a yellow cross on a black wall

Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Porque Él mismo es nuestra paz, y de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, poniendo fin a la enemistad en Su carne, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en Él mismo de los dos un nuevo hombre, estableciendo así la paz, y para reconciliar con Dios a los dos en un cuerpo por medio de la cruz, habiendo dado muerte en ella a la enemistad. Ef 2:13–16.

Los judíos solían decir que los gentiles estaban “lejos”, refiriéndose a que no tenían parte en las promesas ni cercanía con Dios. Pablo toma esa idea y se la aplica directamente a los efesios: esa era su condición. No tenían acceso, no tenían comunión, no tenían esperanza (Ez. 44:9).

Pero nuevamente aparece ese contraste glorioso: “pero ahora en Cristo Jesús”. Antes Pablo mostró la condición del hombre; ahora muestra la obra de Cristo. Los que estaban lejos han sido acercados. No por méritos, no por religión, sino por la sangre de Cristo.

Jesús es el cumplimiento de la promesa hecha a Abraham (Gá. 3:16), y por medio de Él la bendición alcanza a todas las naciones. Lo que antes separaba —la nación, la cultura, la ley ceremonial— ya no es un obstáculo. Cristo cumplió la ley (Mt. 5:17–19) y llevó todo a su plenitud, mostrando que todo apuntaba a Él (Col. 2:16–17).

En la cruz ocurrió algo decisivo: no solo se nos dio salvación individual, sino que se formó un solo pueblo. Judíos y gentiles ahora son uno en Cristo. La pared de separación fue derribada. La enemistad terminó. Donde había división, ahora hay paz.

Esto es clave: Cristo no solo nos acerca a Dios, también nos une entre nosotros. La iglesia es ese nuevo hombre, ese nuevo pueblo reconciliado en un solo cuerpo (Ro. 10:12–13).

El contraste es profundo: antes estábamos lejos, sin esperanza y sin Dios; ahora hemos sido acercados, reconciliados y hechos parte de Su pueblo. Antes enemigos; ahora en paz con Dios (Ro. 5:1, 10). Antes bajo maldición; ahora bendecidos en Cristo (Gá. 3:13).

Y no solo eso: hemos sido acercados de tal manera que el Espíritu de Dios mora en nosotros. Ya no es solo cercanía, es comunión real. Somos coherederos de las promesas (Ef. 3:6).

Hermanos, esto debería llenarnos de asombro. Dios no solo nos salvó, nos acercó. No solo nos perdonó, nos hizo familia. Para lograrlo, entregó a su Hijo (Jn. 3:16). Ese es el precio de nuestra cercanía.

Por eso, cada día debemos vivir agradecidos. Recordar de dónde fuimos sacados y reconocer lo que Cristo hizo para acercarnos al Padre. Nuestra vida debe ser una respuesta constante de gratitud por esa paz que Él ganó para nosotros.