Salvos por gracia, capacitados para creer.

Porque por gracia ustedes han sido salvados por medio de la fe, y esto no procede de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Ef 2:8–9.

Este pasaje resume la salvación de una manera contundente y hermosa, mostrando claramente su fuente: la gracia de Dios. No hay otra fuente, otra forma ni otro medio; es únicamente por gracia. Según el propósito eterno del Señor, esta gracia ha sido aplicada a cada creyente para que su plan eterno se cumpla (2 Ti. 1:9).

La gracia es la obra de Dios en la vida de los hombres y a favor de ellos, aun cuando no la merecen. La fe, por su parte, es el medio que Dios utiliza para que los hombres sean salvados; sin embargo, esta fe no nace del ser humano, sino que también proviene de Dios. Él capacita a las personas para ver a Cristo y confiar en su obra redentora (1 P. 1:2).

Esta obra de salvación es completa. Dios dio a su Hijo para morir y padecer en la cruz, a fin de que los seres humanos alcanzaran la gracia que procede de Él (He. 2:9). La muerte de Cristo no fue un evento aislado, sino la ejecución del plan eterno de Dios: Cristo ya estaba dispuesto desde antes de la fundación del mundo para ser sacrificado (1 P. 1:18–20).

Pablo, entonces, excluye al hombre de toda posibilidad de salvarse por sí mismo. Afirma que la salvación proviene de la gracia de Dios y de la fe que Él mismo concede. Cuando dice «esto no procede de ustedes», está desligando al ser humano de ser el origen de la salvación y estableciendo a Dios como el autor y consumador de la fe que salva (He. 12:2). No es la fe humana la que salva, sino la fe que proviene de Dios, la que capacita al hombre para recibir ese don.

En otras palabras, Dios nos ha llamado a la salvación no por méritos humanos ni por capacidades propias, sino según su propósito eterno en Cristo (2 Ti. 1:9). Los que han sido salvados lo han sido porque Dios, en su gracia, los llamó, los alcanzó y los capacitó para creer en Cristo. No es obra humana en operación, es gracia aplicada.

A la luz de esto, toda la gloria pertenece a Dios. Su carácter misericordioso, santo, justo y amoroso es la razón de nuestra salvación. Por Él subsistimos, para Él vivimos, y por su gracia hemos sido rescatados. Por tanto, los creyentes deben vivir para la gloria de Aquel que los amó y los salvó a pesar de su pecado, y que ahora los ha hecho partícipes de su naturaleza divina por medio de Jesucristo (2 P. 1:4).

Muchos intentan cambiar el orden de la salvación, poniendo la fuente de la fe en el hombre y la gracia en Dios, como si fueran dos aportes separados. Pero eso convertiría la salvación en una obra humana. Al reconocer que la fe también es un don de Dios, podemos tener la certeza de que es genuina y que tiene el poder de transformarnos a la imagen de Cristo hasta el día en que Él se manifieste (1 P. 1:13).