Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor: que ustedes ya no anden así como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente. Ellos tienen entenebrecido su entendimiento, están excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón. Habiendo llegado a ser insensibles, se entregaron a la sensualidad para cometer con avidez toda clase de impurezas (Ef. 4:17-19).
El apóstol Pablo hace un llamado solemne a la conciencia de los cristianos para que sus vidas sean transformadas a la imagen de Jesucristo. Los que dicen que son de Jesucristo deben andar como Él anduvo (1 Juan 2:6); de manera que, al saber esto, el llamado solemne de Pablo es para que anden de una manera santa, distinta a como andan los incrédulos (1 Pe 1:15).
Los incrédulos andan en la vanidad de sus mentes, mientras que la mentalidad de los creyentes debe surgir de la comunión diaria con el Señor, de manera que lo que puedan reflejar sea el carácter de la santidad y la rectitud del mismo Señor (Gá 2:20). Los que realmente son creyentes viven por Cristo y para Él (Fil. 1:21), mientras que el incrédulo solo vive para el placer y la vanalidad de la vida.
El problema es que la secularización del evangelio ha hecho que las personas que dicen ser creyentes crezcan y las iglesias se llenen, pero teniendo una apariencia de piedad que niega la eficacia de ella (2 Tim 3:5). El problema que tenía Pablo con los creyentes es el mismo que hay hoy: el carácter de Cristo no se toma en serio, se deja de lado, las personas cada vez se ocupan más en sus propios asuntos (Fil 2:21) y abandonan la obra del evangelio, la santidad y la justicia que el Señor demanda.
Los cristianos debemos ser conocidos por tomar la cruz de Cristo, negarnos cada día y seguirlo (Lc 9:23), por vivir para la gloria del Señor (2 Co. 5:15) y por nuestra vocación a la santidad a la cual fuimos llamados (1 P. 1:14-16). Lejos de la vanidad de este mundo, debería estar nuestra mente y corazón puestos en las cosas de arriba (Col 3:2), para que andemos como es digno del Señor, reflejando su carácter y mostrando a este mundo cuál es la diferencia entre los que dicen ser cristianos y quienes realmente lo son.
Mientras los gentiles están envanecidos en sus mentes y corazones, y andan pervertidos (Ro. 1:21), excluidos de la gloria de Dios, en sus tinieblas aman ser pecadores de corazones duros. Pero también hay otros que se quieren infiltrar entre los creyentes para acallar las conciencias (Judas 1:4). Ellos no aceptan ni entienden las cosas espirituales (1 Co. 2:14) y no se sujetan a Dios porque no pueden realmente hacerlo (Ro 8:7).
Hermanos, realmente debemos hacer la diferencia en nuestra manera de vivir. Debemos reflejar el carácter santo de nuestro Dios para que su Nombre sea exaltado y para que el mundo vea lo que realmente es una vida transformada por el poder del evangelio (Mt 5:16). Nosotros, los llamados a la vida eterna, somos los llamados a la santidad y debemos ser fieles a la vocación de este llamamiento (Ef 4:1).
