Entonces ya no seremos niños, sacudidos por las olas y llevados de aquí para allá por todo viento de doctrina, por la astucia de los hombres que emplean artimañas engañosas para introducir el error. Más bien, al hablar la verdad en amor, creceremos en todos los aspectos en Aquel que es la cabeza, es decir, Cristo, de quien todo el cuerpo, estando bien ajustado y unido por la cohesión que las coyunturas proveen, conforme al funcionamiento adecuado de cada miembro, produce el crecimiento del cuerpo para su propia edificación en amor (Ef 4:14-16).
La palabra de Dios que se le ha encargado a los pastores para que hagan crecer a los creyentes les da las herramientas necesarias para que puedan luchar contra el mundo (1 Jn 5:4) y contra los enemigos que se levantan contra Cristo y contra la iglesia. Es de ingenuos pensar que los enemigos de Dios descansan y que no están atacando a la iglesia (1 Pe 5:8), o que no la van a permear con sus enseñanzas engañosas para corromper la verdad (Gá 1:7)
Es importante que los predicadores estén conscientes de la importancia del discipulado, porque es por medio de él que hacen fuertes a los cristianos para que puedan mantenerse firmes en medio de los falsos maestros (Mt 7:15). Pero cuando una iglesia es enseñada y guiada a la verdad, puede sostenerse firme en la esperanza que nos da Cristo (Heb 10:23).
Al enseñar la verdad en amor, podemos crecer y hacer crecer a los que nos rodean a la imagen de Jesucristo (Ro 8:29). Es ahí donde los pastores deben enfocarse en amar a los creyentes de tal manera que puedan enseñarles la verdad de Dios en todas las áreas. La verdad de la Palabra de Dios nos hace libres (Jn 8:32) y nos mantendrá libres al no dejarnos caer en el engaño de los falsos maestros.
Así que la responsabilidad de enseñar en la iglesia que se les ha delegado a los pastores va más allá de dar un sermón los domingos; es una obra que requiere mucha diligencia, mucho esfuerzo y seriedad (2 Tim 2:15). Esto es porque son las almas las que están siendo guiadas a la verdad de Cristo, a la esperanza eterna de la glorificación (Col 1:27) y a las verdades que los van a sostener en medio de un mundo lleno de mentiras y de engaños.
Es por esto que debemos orar para que el Señor mande más obreros a la mies (Lc 10:2), más hombres capacitados para que puedan, con diligencia y entrega real, dedicarse a la enseñanza de las Escrituras. Esto debe hacerse con la plena conciencia de que es la imagen de Jesucristo la que se quiere reflejar (2 Cor 3:18), y es esa imagen la que cada creyente debe portar; pero esto solo se puede lograr si se tiene el conocimiento de la Palabra.
Es la Palabra la que es útil para prepararnos para toda buena obra (2 Tim 3:16-17) y es a ella a la que debemos acudir para enseñarla y para deleitarnos en ella. Es la Palabra la que sostiene a la iglesia y por ella podemos capacitarnos los unos a los otros para que crezcamos a la imagen de Jesucristo, y para que guiemos a otros en ese proceso (Col 3:16). Por lo tanto, oremos por los que nos guían en nuestras iglesias (Heb 13:18) para que, en plena conciencia de sus deberes, dependan cada vez más de Cristo y sean los medios espirituales para guiar a la iglesia a la esperanza eterna.
