También ruego que arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios. Efesios 3:17–19
Dentro de esta oración, el apóstol Pablo ruega para que los creyentes estén arraigados y cimentados en amor. Que el amor sea la base de todas sus relaciones. Difícilmente una congregación podrá crecer en cualquier área si primero no crece en amor.
La base de la comunión entre los santos es el Espíritu Santo, por medio del cual fuimos bautizados en un solo cuerpo (Ef. 4:4–6) y añadidos a la familia de la fe. Este mismo Espíritu produce amor en cada creyente como fruto, para que el cuerpo de Cristo crezca y camine unido en una misma dirección (Ro. 5:5).
Pero este amor, que produce raíces profundas y un fundamento firme, tiene también un propósito: que los creyentes puedan comprenderlo en todas sus dimensiones. Solo cuando un cristiano conoce el amor de Dios y aprende a reflejarlo hacia los demás, puede comenzar a entender la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del amor que proviene de Él.
Es un amor inmenso. Un amor que alcanza a personas de todas las naciones (Ef. 2:11–18). Un amor que planeó la salvación desde antes de la fundación del mundo (Ef. 1:4–5). Un amor que nos bendijo con bendiciones espirituales en los lugares celestiales (Ef. 1:3; 2:6). Y un amor que llevó a Cristo a entregarse para salvar a pecadores muertos en delitos y pecados (Ef. 2:1–3).
Ese amor que Dios tiene por sus hijos es el que necesitamos conocer cada día. Claramente sobrepasa cualquier entendimiento humano. Nunca podremos comprender completamente todo lo que Dios hizo en favor nuestro, pero sí podemos ser guiados cada vez más profundamente hacia ese amor (2 Ts. 3:5).
Solo conocemos aquello que el Espíritu Santo nos ha revelado. Comprender plenamente el dolor del Padre al entregar a Su Hijo, o el sufrimiento de Cristo en la cruz, es algo demasiado grande para nuestra mente limitada.
Cuando el creyente comienza a sumergirse en el conocimiento del amor de Dios, entonces puede ser lleno de la plenitud del Señor (Ro. 5:5). Todo aquello que ocupa el corazón humano debe ser desplazado para que Cristo llene completamente nuestra vida.
Esta plenitud es necesaria cada día para fortalecer nuestra fe, producir fruto espiritual y afirmar nuestra esperanza eterna (Ef. 1:17–18). Pero este crecimiento solo puede darse en una iglesia que está verdaderamente arraigada y cimentada en amor. Cuando una congregación deja de practicar el amor y de servir a sus hermanos, jamás podrá experimentar la plenitud de Cristo (Jn. 13:35).
Lo que para Pablo era una carga constante en oración también debería serlo para nosotros. Él oraba para que los creyentes conocieran más profundamente a Dios. De la misma manera, cada uno de nosotros debe preocuparse por manifestar el amor de Dios a los hermanos y a quienes nos rodean, para que podamos crecer y abundar más en ese amor (1 Co. 13:4–8).
Si no practicamos el amor sufrido, sacrificial y perseverante, nunca comprenderemos realmente cuánto nos amó Dios al entregar a Su Hijo por nosotros.
Ese es el punto central. Si vivimos egoístamente y nunca aprendemos a amar, jamás entenderemos la magnitud del sacrificio del Padre para salvarnos. Pero mientras más aprendamos a amar, servir y aun sufrir por causa del amor hacia otros, más podremos comprender cuánto Él nos amó primero.
