Dependencia de Dios en Oración

Three women holding hands, symbolizing support and empathy in a warm setting.

Por esta causa, pues, doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo, de quien recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra. Efesios 3:14–15.

Pablo ya ha explicado todo lo concerniente al evangelio (Ef. 2:10) y la unión que ahora existe entre judíos y gentiles, después de que Cristo derribó el muro legal que los separaba (Ef. 2:17–18). Ahora ya no hay judío ni gentil; la gracia de Dios se ha extendido por todo el mundo y existe una sola iglesia y un solo pueblo universal de Dios.

Este misterio no era fácil de entender y, al principio, causó muchos conflictos, especialmente entre aquellos que todavía querían judaizar a los cristianos (Gá. 1:14–17). Por esta razón, Pablo ora fervientemente para que los creyentes puedan comprender plenamente la grandeza de la gracia de Dios y la obra que Cristo ha hecho al unir en un mismo cuerpo a personas de toda nación.

Es notorio que todos los creyentes fieles fueron personas de oración: David (1 Cr. 29:13–14), María (Lc. 1:38) e incluso Jesucristo mismo, quien vivió una vida de constante oración (Mr. 1:35) y enseñó a sus discípulos a orar (Mt. 6:9–13). No puede existir una espiritualidad firme y constante si no hay una dependencia real de Dios en oración. El mismo evangelio necesita ser acompañado y sostenido cada día por la oración (2 Ts. 3:1).

Eso es precisamente lo que Pablo está haciendo aquí. Después de enseñar las realidades del evangelio, les dice a los hermanos que ora para que puedan entender lo que les ha sido explicado. Pablo sabía que no bastaba solamente con enseñar doctrinas correctas; era necesario que Dios mismo iluminara el entendimiento de los creyentes para que la verdad transformara sus corazones.

Muchas veces las predicaciones, el evangelismo y aun las enseñanzas bíblicas no producen un impacto profundo en las congregaciones porque falta devoción y oración constante antes de presentar el mensaje. Los cristianos debemos ser personas de oración porque necesitamos comunión con el Padre y dependemos completamente de sus misericordias y compasiones (Sal. 103:13). Ya que se nos ha dado el privilegio de acercarnos a Él por medio de Jesucristo, deberíamos hacerlo con libertad, confianza y perseverancia (He. 4:16).

La oración debe dirigirse al Padre celestial, tal como el Señor Jesús enseñó y como los apóstoles y discípulos lo practicaron. El destinatario de nuestras oraciones es el Padre, quien merece toda la honra, toda la gloria y toda la majestad por la obra hecha en nosotros y por sus misericordias derramadas cada día sobre nuestras vidas (Stg. 1:17).

Pablo también recuerda que de Dios recibe nombre toda familia en el cielo y en la tierra (Hch. 3:25). Todo lo que Dios nombra existe, y todo lo que Él da le pertenece (Gn. 2:19–20). Toda la creación depende de Él y es sustentada por su poder cada día. Por eso no es extraño que Pablo ore para que Dios abra los ojos del entendimiento de los creyentes. Esa era precisamente la carga del apóstol mientras enseñaba el evangelio y el misterio revelado que había recibido.

Hermanos, no debemos dejar de orar por aquellos que predican el evangelio, por quienes enseñan la Palabra y también por quienes reciben el mensaje, porque solamente Dios puede abrir el entendimiento de las personas para recibir la verdad. Nosotros podremos ser mensajeros, pero es Dios quien ilumina los corazones (Fil. 1:9–10).

Asimismo, debemos orar para que quienes enseñan tengan temor y reverencia al acercarse a las Escrituras, buscando aprender de Dios y comprender su Palabra en oración, para así traer fielmente el mensaje del Señor a su pueblo (Sal. 123:2).