Ciudadanos del cielo, hijos del Padre

Así pues, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino que son conciudadanos de los santos y son de la familia de Dios. Ef 2:19.

El apóstol Pablo concluye el tema de las bendiciones celestiales con esta afirmación: ahora cada cristiano ya no es extranjero en relación con el pueblo de Israel. Usa esta expresión en el sentido de un inmigrante que no tiene derechos dentro de una sociedad porque no posee ciudadanía. Esa condición de ser extranjero, sin derechos, ya no le pertenece al creyente. Ahora ha pasado a una condición cercana, una que le concede derechos que, mejor dicho, son las bendiciones celestiales (Fil. 3:20).

Ser conciudadanos de los santos significa que cada creyente participa de la misma ciudadanía, de los mismos derechos y de las mismas bendiciones que los santos de todas las épocas, conforme a lo que Dios prometió para redimir a los que son de la fe. El concepto de una patria celestial no es exclusivo de una sola generación; los santos de todos los tiempos anhelaban esa patria, para así disfrutar de todas las bendiciones que corresponden a los ciudadanos del cielo (He. 11:14–16).

Otra bendición que tienen los creyentes es que ahora son llamados familia de Dios. Al ser parte de la misma ciudadanía de los santos, también han recibido los derechos de hijos de Aquel que es Padre de esta nación santa. En este sentido, la iglesia puede vivir en paz, porque su vida está escondida con Cristo en Dios (Col. 3:3). Cuando termine su peregrinación en esta tierra, llegará al lugar al que verdaderamente pertenece, donde está puesta toda su esperanza (Gá. 4:26).

Es revelador ver que el plan de Dios siempre fue incluir a la iglesia en las promesas divinas. Los santos del Antiguo Testamento recibieron promesas, pero no las disfrutaron plenamente, porque el plan eterno de Dios era añadir a otros para que también participaran de las bendiciones de ser ciudadanos del cielo (He. 11:13). El plan de redención era más grande de lo que ellos podían comprender, pero se fue cumpliendo hasta el día en que Jesucristo fue revelado para atraer a muchos más a la familia de la fe (Gá. 4:4).

Como creyentes, debemos entender la importancia de que nuestras promesas no sean terrenales, sino celestiales. Cuando enfrentamos padecimientos, cargas y sufrimientos en esta tierra por causa del evangelio, podemos perseverar recordando que nos espera la patria celestial, donde nuestro verdadero Padre nos recibirá. Todo el dolor causado por el pecado y la muerte quedará atrás cuando contemplemos la gloria de Aquel que nos amó y nos salvó por medio de su Hijo Jesucristo.