Y Él les dio vida a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y pecados,en los cuales anduvieron en otro tiempo según la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia. Entre ellos también todos nosotros en otro tiempo vivíamos en las pasiones de nuestra carne, satisfaciendo los deseos de la carne y de la mente, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás. Ef 2:1–3.
La gracia de Dios no solamente nos ha dado vida; también nos ha dado convicción de pecado. Nos ha mostrado cuánto necesitábamos la salvación. Pablo lo dice sin rodeos: estábamos muertos en delitos y pecados. No solo estábamos desviados de la justicia cometiendo faltas, sino completamente opuestos a ella. Nuestra manera de vivir evidenciaba cuán lejos estábamos de la vida eterna (Ro. 3:23).
Nuestra vida estaba guiada por la corriente de este mundo caído. Nos deleitábamos en él, en sus perversiones, siguiendo a hombres igualmente caídos y participando con ellos en la maldad. En el fondo, éramos guiados por Satanás y su sistema. Jesús mismo enseñó que quienes siguen al maligno reflejan su paternidad (Jn. 8:38–44). Ese es el dominio bajo el cual vive el incrédulo.
Además, no solo participábamos en ese sistema: lo disfrutábamos. Vivíamos en las pasiones de la carne, entregados a los deseos de una naturaleza caída. Esto revelaba lo que realmente éramos, aunque no lo entendiéramos: personas condenadas a muerte eterna (Gá. 5:19–21). La descripción bíblica es contundente: no éramos diferentes a los demás (1 Jn. 2:16); compartíamos la misma condición.
Dios nos muestra todo esto para que entendamos de dónde nos sacó y cuán necesitados estábamos de su gracia. El que está muerto en pecado ama su condición, se deleita en ella y la considera normal, incluso buena, sin darse cuenta de que su final es muerte (Ap. 21:8).
Pero ahora, por gracia, no solo vemos nuestro pecado, sino también nuestra necesidad constante de Dios. Sin su intervención, seguiríamos en ese mismo camino, rumbo a la destrucción (He. 2:14). Esta verdad debe producir en nosotros humildad: no tenemos méritos propios. La única razón por la que hemos sido librados es la obra de Cristo aplicada a nuestras vidas (Col. 1:13).
Así que, hermanos, siendo ahora conscientes de lo que éramos y de la gracia que hemos recibido, tenemos una responsabilidad: llevar luz a los que están en tinieblas, verdad a los que viven en el engaño y vida a los que aún están muertos, tal como nosotros lo estuvimos (Ro. 5:17–19).
