Debemos ser imitadores de Dios.

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Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y anden en amor, así como también Cristo les amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma. Ef 5:1–2.

Todo el discurso del apóstol Pablo del capítulo anterior se resume en estos versículos; el deseo de él para los creyentes es que sean imitadores de Dios. Si Él es nuestro Padre, lo natural es que lo imitemos, tal como naturalmente los hijos se parecen a sus padres (Mateo 5:48). Al tener una vida que deje crecer el poder del Espíritu y el dominio sobre cada uno, y quitando los vestigios del pasado, poco a poco nos iremos pareciendo al Padre.

El carácter de Dios debe ser el carácter de los creyentes, ya que fuimos comprados por precio (1 Cor 6:20), habiendo sido hechos hijos (Jn. 1:12; Gá. 3:26). Cada uno de nosotros debe tener clara la fuente de nuestra salvación, cómo desde la eternidad pasada Él nos salvó (Ef. 1:5). En esa eternidad nos ha llamado a la santidad y a la justicia (Ef 4:24); pero para que cada uno de nosotros logre imitar al Padre, debemos primero conocerlo y tener esa íntima relación de padre a hijos.

Pero lo que el texto nos manda principalmente a imitar es el amor. Como hijos que han sido amados por el Padre, debemos extender ese amor (1 Jn 4:11). La máxima expresión de amor conocida ha sido entregar al Hijo santo para que un pueblo perdido sea salvado (Jn. 3:16). Desde el momento de nuestra salvación hasta el día de nuestro encuentro con Dios, veremos las múltiples manifestaciones de su amor.

Este amor que el Padre quiere que imitemos también incluye la capacidad de perdón; así como hemos recibido el perdón de Él, se lo podemos trasladar a los que nos rodean (Ef. 4:32). Porque el amor que nos fue dado nos lavó y nos limpió una vez y para siempre de nuestras maldades, para ya no tener memoria de ellos (Heb 8:12); hasta ese punto debemos imitar el amor de Dios.

Cristo llevó el juicio sobre sus hombros para que nosotros no lo llevemos por nuestra cuenta (1 Jn. 2:12). Desde esa manifestación de amor, no debemos guardar rencor contra nadie; debemos aprender del amor de Dios para que, cuando seamos ofendidos, soportemos a los débiles y los amemos (Rom 15:1). Al amar a los hermanos fervientemente, también seremos capaces de dar perdón como hemos recibido (1 P. 4:8).

Hermanos, abandonando el pecado que nos asedia, podemos ir en pos de Dios y tomarlo como un Padre a quien debemos imitar (Heb 12:1). Amémonos y perdonémonos como hemos sido perdonados por parte del Padre celestial. Es nuestro deber amar a nuestros hermanos como hemos sido amados y tal como los ama Él (Jn 13:34). No debemos ni tenemos autoridad para decidir a quién amar y a quién aborrecer; nuestro deber es amarlos como hemos sido amados.