Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo. Ef 4:31–32.
Cuando venimos al evangelio y Cristo nos ha salvado, la naturaleza humana cambia totalmente (2 Cor 5:17). Es normal que los incrédulos se llenen de amargura, enojo e ira, y que griten e insulten con toda malicia; pero cuando la luz del evangelio llega a estas personas, el carácter de Cristo debe empezar a manifestarse en sus vidas (Efe 5:8).
Los creyentes deben ser amables, deben luchar para ser benignos y deben empezar a trabajar en su carácter para hacerlo realidad. Ser benigno es tener la capacidad de favorecer a las personas que nos rodean, incluyendo a los incrédulos y malvados (Mt. 5:43–45). Esta amabilidad tiene ese poder de buscar el bien para quienes nos rodean, así como Cristo lo ha hecho en favor de la iglesia (Ro. 5:7–8).
También se manda a los creyentes a ser misericordiosos; esta expresión es particular y se nos insta a ella en el Nuevo Testamento (1 Pe. 3:8). Este texto nos manda a conmovernos por los padecimientos de quienes nos rodean por causa de la maldad y las consecuencias que sufren. Este carácter misericordioso lo ha tenido el Señor (Mr. 1:41). No debemos ser indolentes ante los padecimientos de los incrédulos; debemos, cada uno en particular, ver a los incrédulos como personas necesitadas de Cristo, tal como en algún momento también nosotros lo éramos (Tit 3:3-5).
El otro mandamiento es que aprendamos a perdonar a los que nos ofenden, tal como el Señor enseñó en la oración (Mt 6:12). La cuestión de este perdón es que no da cabida al rencor ni al resentimiento. Cristo nos ha perdonado a tal punto de no tomar en cuenta nuestras faltas, de borrarlas y de hasta llamarnos hermanos (Heb 2:11); con esta misma conciencia de perdón debemos extendernos hacia los que nos rodean.
Con una conciencia de perdón, de haber sido perdonados gratuitamente y una vez para siempre, sin sacar en cara lo que éramos (Sal 103:12), es de esa manera que recibimos la gracia. Al estar conscientes de haber sido perdonados, debemos perdonar a los que nos rodean, ya sean creyentes o incrédulos; el rencor no debe formar parte de nuestra vida, pues no es santo porque no modela a Cristo
Hermanos, debemos trabajar en nuestro carácter porque, de alguna manera, los vestigios de nuestro pasado pecaminoso nos persiguen. Debemos trabajar duro para que la amabilidad, la misericordia y el perdón sean parte de nuestra vida diaria, y sean la realidad del carácter que Cristo quiere en nosotros (Col 3:12-13). Que nuestro deseo sea parecernos más a Cristo, dejando atrás nuestra vieja naturaleza.
