Y no entristezcan al Espíritu Santo de Dios, por el cual fueron sellados para el día de la redención. Ef 4:30.
Antes de dar esta advertencia de que los creyentes pueden contristar al Espíritu, el apóstol ha dicho que no debe el creyente dar lugar al diablo. Esto significa que cada uno de los creyentes debe cuidar su alma y su vida; en primer lugar, para no dejar portillos abiertos al enemigo (1 Pe 5:8), y por otro lado, para estar ocupados en no entristecer al Espíritu Santo.
La idea es que el creyente esté bajo el control del Espíritu Santo; esto es lo que se espera: que cada uno viva guiado por Él (Rom 8:14) para que, como un solo cuerpo unido a los demás, todos sean movidos por el mismo sentir y puedan someterse a la voluntad de Dios para el crecimiento de la iglesia. Por otro lado, estar sometido al Espíritu es abandonar los deseos de la carne (Gá. 5:16) y empezar a dejar que crezca su fruto en cada uno (Gá. 5:22–23).
Los peligros de entristecer al Espíritu Santo radican en que se deja de producir su fruto. Esto es sumamente peligroso porque se va perdiendo el gozo de la salvación (Sal 51:12) y el amor, lo cual es verdaderamente grave. Puede ser por esto que el apóstol dirá más adelante que contristar al Espíritu produce amargura, enojo y hasta maledicencia.
Una persona puede ser creyente, pero si el Espíritu no gobierna su vida, entonces se volverá casi como un incrédulo (1 Cor 3:3). A esta persona solo le queda ser tratada con la vara de la disciplina de Dios, porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo (Heb 12:6). Cuando los creyentes pierden el fruto del Espíritu, la iglesia se vuelve insípida y ya no genera comunión; lo que surge son divisiones y pleitos que separan y dividen el cuerpo de Cristo, es decir, se camina en sentido contrario a lo que Dios demanda.
Es crucial que los creyentes comprendan la trascendencia que tiene el Espíritu Santo. Por medio de Él es que se identifica a los creyentes de los incrédulos (Ro. 8:9); solo los verdaderos hijos de Dios tienen el sello que les garantiza el acceso a las promesas en Cristo Jesús (Ef 1:13-14). Por lo tanto, Él es quien da testimonio a nuestro espíritu de nuestra salvación.
Hermanos, contristar al Espíritu nos perjudica a todos. Cuando un creyente empieza a alejarse de sus hermanos o a tratarlos indolentemente, toda la congregación sufre (1 Cor 12:26). Pero cuando la iglesia está enfocada en hacer la voluntad del Señor, entonces todos caminamos juntos y nos gozamos de las misericordias recibidas. Cuidemos nuestros corazones para que, en la dependencia del Espíritu, podamos ser útiles a la causa de Cristo y, además, crezcamos juntos a Su altura y estatura (Col 2:19).
