Sea quitada de ustedes toda amargura, enojo, ira, gritos, insultos, así como toda malicia. Sean más bien amables unos con otros, misericordiosos, perdonándose unos a otros, así como también Dios los perdonó en Cristo. Ef 4:31–32.
Cuando una persona no trabaja en su vida espiritual, descuida su alma y se deja llevar por las artimañas del enemigo, es ahí cuando empieza a notarse lo que es una persona que tiene al Espíritu contristado. Cuando la Biblia nos manda a parecernos a Cristo, también quiere que lo seamos en todas las manifestaciones del carácter y nada puede quedarse por fuera (Gá 5:24).
El mandamiento es que abandonemos todas esas manifestaciones de pecado en la vida. La primera es la amargura; esta se produce por la falta de perdón (He. 12:15). Cuando una persona tiene resentimientos, rencores y falta de humildad para perdonar como Cristo lo ha hecho, entonces se amarga su alma y empieza a contaminar a los que lo rodean, porque con su amargura es capaz de dañar relaciones, hablando, haciendo o dejando de hacer (Prov 10:12). Muchas veces menospreciamos la amargura, pero la Biblia señala que hay que abandonarla.
Cuando la amargura no se trata y no se abandona, aparece otro pecado del que debemos estar conscientes y listos para dejar; este pecado es el enojo o la rabia que proviene de la carne (Gá. 5:20). Una cuestión es que el enojo y la amargura pueden quedarse en el fuero interno, pero se manifiestan con gritos y todo esto es condenado por las Escrituras (Mt. 5:22). Enojarse y guardar rencor, por muy en secreto que se maneje, es estar atentando contra el hermano (1 Jn 3:15).
La gritería, por otro lado, es dar voces a la ira que llevan las personas por dentro; de esta reacción entra la malicia o blasfemia, que es decir improperios contra otras personas. Todas estas actitudes fueron condenadas por Cristo (Mt. 5:22c) y son de las que debemos cuidarnos. La única manera de hacerlo es siendo llenos del Espíritu Santo (Ef 5:18), para que lo que reflejemos sea la gloria del Señor.
Por otro lado, la Biblia hace un contraste claro entre los que dicen ser del Señor y los que realmente lo son. Una persona que manifiesta constantemente amargura, enojo, ira, gritos, insultos y malicia probablemente no es de Cristo, porque la obra del Espíritu se manifiesta en amor (1 Jn. 3:14). Cualquier persona que no ama no puede llamarse a sí misma hijo de Dios, porque no está en Él la naturaleza divina (1 Jn. 4:8).
En este punto, como creyentes, debemos cuidar nuestras almas para no llegar hasta el extremo de tener amargura. Debemos aprender y practicar el perdón, tal como lo recibimos, debemos brindarlo a los demás (Col 3:13). Debemos someternos al Espíritu para que domine nuestras mentes y corazones, alejándonos de todas estas obras de la carne. Por otro lado, debemos cuidarnos de no ser contaminados por aquellos que, llenos de amargura, quieren dividir la congregación o hacerle daño al cuerpo de Cristo (Rom 16:17); es en este punto donde debemos pedir sabiduría de lo alto para cuidar nuestras almas de quienes nos rodean (Snt 1:5).
