Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor: que ustedes ya no anden así como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente. Ellos tienen entenebrecido su entendimiento, están excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón. Habiendo llegado a ser insensibles, se entregaron a la sensualidad para cometer con avidez toda clase de impurezas. Pero ustedes no han aprendido a Cristo de esta manera. Ef 4:17–20.
Pablo sigue describiendo la forma de vivir de los que están lejos del evangelio; no los describe como buenas personas que tienen problemas, porque la teología bíblica menciona que no lo son (Ro. 3:9–12). Los creyentes muchas veces pecamos por ignorancia, pensando en la bondad de aquellos que rechazan a Jesucristo; no debemos esperar de ellos frutos de justicia cuando es imposible que un árbol malo dé buen fruto (Mat. 7:17–20).
La vanidad de la vida a la que se someten estas personas las lleva a vivir en las tinieblas; sus pensamientos están llenos de oscuridad y sus acciones son terribles. Aunque muchos de ellos tratan de aprender y convivir con los mismos creyentes, sus mentes entenebrecidas no les permiten llegar al conocimiento de la verdad (2 Tim. 3:1–7). La oscuridad constante en la que viven les impide ver la santidad de Dios y la necesidad que tienen de Él (Jn. 1:5).
Por esta ignorancia en la que viven están condenados a la muerte eterna; en su supuesta sabiduría se han vuelto en contra de Dios (Ro. 1:22–23), rechazando todo y a todos los que les recuerdan que son pecadores necesitados de la gracia del Señor. Son insensibles a la Palabra, al evangelio, sus corazones están endurecidos y se han entregado a los placeres de la vida (Ef. 4:18-19).
Estos incrédulos que han oído y rechazado el evangelio tienen sus mentes cauterizadas, de manera que ya son insensibles al evangelio y al pecado (1 Ti. 4:2). Se han entregado abiertamente a la maldad y a la injusticia; pero, como ellos mismos se entregaron y por sus propios deseos se descarriaron, son responsables delante de Dios porque han seguido para destrucción de sus almas las pasiones de la carne (Gá. 5:19).
Estas personas que nos rodean no necesariamente han dejado de oír el evangelio; ellos lo oyeron, pero se han vuelto necios, han rechazado a Cristo y lo desechan cada día. Han habitado en medio de los creyentes, pero sus mentes entenebrecidas no les permiten ver la luz porque han sido segados por el dios de este siglo (2 Co. 4:4). Es más, estos hombres pueden corromper toda clase de bondad porque ellos buscan hacer el mal con lo que los rodea (Tit. 1:15). Es por esto que la Biblia no duda en llamarlos malos y pecadores (Sal. 1:1).
Hermanos, debemos tener cuidado de quienes nos rodean, de quienes, oyendo el evangelio de la verdad, lo desechan cada día y se apartan, yendo en pos de sus deseos pecaminosos. La Biblia nos advierte del mal que nos rodea; no deberíamos llamarlos amigos ni desear los bienes de aquellos cuyo fin es el de la muerte y que no pueden someterse a Cristo. Ya que por gracia hemos sido salvados, debemos aferrarnos a ella para vivir en la santidad que conviene a la casa del Señor y alejarnos de quienes se oponen a Él (2 Co. 6:14-17).
