Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor: que ustedes ya no anden así como andan también los gentiles, en la vanidad de su mente. Ellos tienen entenebrecido su entendimiento, están excluidos de la vida de Dios por causa de la ignorancia que hay en ellos, por la dureza de su corazón. Habiendo llegado a ser insensibles, se entregaron a la sensualidad para cometer con avidez toda clase de impurezas. Pero ustedes no han aprendido a Cristo de esta manera. (Ef. 4:17–20)
Los incrédulos andan en sus pecados y se llenan de orgullo por cuanto, según ellos, los disfrutan. De ahí que ellos gozan de los placeres de este mundo aunque esto sea solo vanidad; es esta vanidad la que los lleva a oponerse a Dios el Padre y a todos los mandamientos que de Él vienen (Ro. 1:21). Lo que la Biblia enseña acerca de estas personas es que solo piensan en las cosas terrenales y carnales (Ro. 8:5). Un sinfín de vanidades es lo que persiguen sin darse cuenta de ello (Ecl. 1:2).
Pero Pablo no está criticando a los incrédulos porque sabe que ese comportamiento es característico de su naturaleza caída y pecaminosa. Ellos andan en la vanidad de la vida porque no conocen otra cosa; las cosas espirituales están tan lejos de ellos que no pueden entenderlas (1 Co. 2:14). Dada esta condición, no pueden practicar la justicia. Lo que está haciendo es llamar a los creyentes para que dejen de andar como incrédulos en la vanidad de la vida y conviertan sus vidas en un reflejo de Cristo (Ef. 4:22-24).
Mientras los incrédulos están cegados por la vanidad de la vida, los creyentes debemos ser guiados por la sabiduría del Espíritu Santo, que nos guía a toda verdad. El creyente no puede comportarse como aquellos que no conocen a Dios (1 Ts. 4:5), ni puede correr en el mismo desenfreno de ellos (1 P. 4:3–4). Por lo que es obvio que una persona regenerada no puede amar al mundo ni las cosas del mundo como las ama el incrédulo (1 Jn. 2:15–17).
Los esfuerzos que hace el impío por ser feliz en un mundo lleno de pecado son vanidad absoluta (Ec. 1:2; 14; 2:11; 2:26). No hay sabiduría en lo que buscan porque anhelan las cosas terrenales, olvidando que sus almas son eternas y que darán cuentas a Dios, al que quieren negar y olvidar (Jn. 1:5). Así que, desde la perspectiva paulina, debe ser muy difícil entender que haya creyentes que quieran andar en la vanidad de la que ya fueron salvados por Cristo (Gál. 5:1).
Lo que Dios manda a los creyentes es que no andemos en la vanidad de la vida de los incrédulos. Por más atractivos que parezcan los placeres de este mundo, no se deben considerar como una meta a alcanzar. La meta del creyente, del verdadero hijo de Dios, es Cristo y la resurrección de entre los muertos. Mientras como cristianos estemos en esta tierra, debemos abandonar la vanidad y acercarnos más a Cristo para que podamos gozarnos en Él (Fil. 3:10-14).
Hermanos, no nos dejemos engañar por las vanidades de este mundo de los incrédulos que quieren separarnos de la meta celestial. Sus vidas parecen muy atractivas, pero su destino es el de la muerte eterna. Deberíamos vivir de tal manera que ellos anhelen tener lo que por gracia nosotros tenemos: alejados de la vanidad y ocupados de lo que realmente importa, que es la gloria de Cristo y nuestra eternidad con Él (Mt. 5:16).
