Maridos, amen a sus mujeres, así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella, para santificarla, habiéndola purificado por el lavamiento del agua con la palabra, a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia en toda su gloria, sin que tenga mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa e inmaculada, Ef 5:25–27.
Para que el matrimonio funcione, debe haber un conocimiento y una comunión íntima con Cristo; en este caso es importante que los hombres conozcan el amor que Dios ha mostrado para que puedan imitarlo con su cónyuge (Jn. 3:16). Todo esto por una razón: porque a medida que se entienda el amor recibido, se puede entender cómo se ha de amar (1 Jn. 4:19).
Este amor que se exige del marido es de entrega total, como lo hizo Cristo, quien dio todo para que lo que hoy conocemos como iglesia funcione, para mantenerla de pie y para fundarla. Es importante porque el amor de Dios no fue una correspondencia a lo que la iglesia hacía, ya que esta no existía; fue un amor sin reservas, no pone excusas y no busca lo suyo propio (1 Co. 13:5). Este amor va más allá de lo que nosotros entendemos. El amor que ha mostrado Cristo por la iglesia es especial, desinteresado y no responde a los maltratos de un pueblo que se aleja muchas veces.
Entendiendo cómo fue el amor de Dios es como los hombres deben amar a sus esposas; es que cuando alguien ha sido receptor de tal nivel de amor, solo puede imitarlo. En un matrimonio donde el hombre ha conocido a Cristo, debe entregar ese mismo amor a su esposa, darse completamente para protegerla, cuidarla y para que ella esté bien (Col. 3:19). También debe ser un amor sin reservas, sin esperar nada a cambio, un amor puro y real.
Es importante notar que a la mujer no se le piden condiciones para someterse a su marido, y al marido no se le piden condiciones para amar a su mujer. Esto nos demuestra que delante de Dios cada varón es responsable de amar a su mujer independientemente de lo que ella haga o deje de hacer. En el caso de que fuera una mujer incrédula, aun ahí el hombre debe tratarla como a un vaso más frágil (1 Pe. 3:7) y no negarle el amor y la honra que Dios demanda.
En términos generales, Dios quiere que el amor que vayamos a tener hacia las esposas sea un amor decidido y no circunstancial. Cuando un hombre ama decididamente, las circunstancias no impiden que ese amor se apague; puede cubrir multitud de pecados por cuanto ama de la manera de Cristo (1 Pe. 4:8). Al conocer cómo sacrificialmente el Señor se ha entregado hasta la muerte por la iglesia, así debe aspirar a amar el marido a su esposa.
Hermanos, otra vez el secreto está en centrarse en Cristo. A medida que los varones conozcan a Dios y su amor, entenderán el valor que tiene la iglesia para Él y lo que costó la redención (1 Co. 6:20). Cuando un hombre entiende el valor de la salvación que hoy goza y el costo, entonces puede entender cómo es que debe amar a su esposa. El secreto es llevar a los matrimonios a los pies de la cruz; solo así se pueden salvar de este mundo que enseña a amar egoístamente.
