En vista de lo cual, leyendo, podrán entender mi comprensión del misterio de Cristo, que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a Sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu; a saber, que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, participando igualmente de la promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio. Ef 3:4–6.
El misterio del cual Pablo ha venido hablando durante todo este tiempo puede resumirse en este pasaje: el misterio de Cristo revelado a los hijos de los hombres (1 Jn. 1:1–3). En un principio, este misterio estuvo reservado y anunciado por medio de los profetas, quienes, guiados por Dios, entendían que el Cristo habría de venir (2 P. 1:20–21) y que traería salvación y vida eterna al mundo.
Ahora bien, los apóstoles entendieron con mayor claridad la realidad y el alcance de este misterio en Cristo Jesús. Los gentiles también son herederos de las promesas de Dios y participantes de sus bendiciones (Os. 1:10). Esto era muy importante para Pablo, porque él había sido enviado precisamente a los gentiles para predicarles el evangelio. Ahora aquellos que antes estaban lejos podían reconocerse como parte de la familia de Dios y herederos de las promesas que antes parecían pertenecer únicamente al pueblo judío (Gá. 3:29).
El evangelio ha hecho posible que, por el poder de Dios que resucitó a Jesucristo de entre los muertos y por la obra del Espíritu Santo, hombres y mujeres de todas las naciones lleguen a ser participantes de las promesas en Cristo Jesús (1 Co. 12:12–13). Esto representó un cambio radical en la comprensión de la salvación, porque el evangelio es universal, así como también lo son las promesas de Dios. En un principio, muchos judíos pensaban que esas promesas eran exclusivas para ellos.
Dicho de otra manera, los creyentes debemos vivir agradecidos por participar de la gracia y de la salvación que vienen de Dios, porque toda esta obra proviene de Él. Dios planificó esta salvación desde antes de la fundación del mundo para que, por gracia, judíos y gentiles pudieran heredar las mismas promesas, tener la misma salvación y compartir una misma esperanza (Col. 1:27).
Claramente, Pablo enseña estas verdades para que el corazón de los hermanos en Éfeso no se llenara de orgullo, sino de gratitud por la obra que Cristo había hecho en sus vidas (Ro. 8:16–17). Esto también es importante para nosotros hoy. Cada creyente debe ser consciente de que, sin Dios, andaba por el mundo sin promesas y sin esperanza. Pero Dios, que es rico en misericordia, se acercó a la humanidad para salvarla de su pecado y de su incredulidad (Col. 1:13–14).
Por lo tanto, cada uno de nosotros debe vivir una vida de agradecimiento a Dios por la obra de Jesucristo en la cruz y por la salvación que ahora tenemos por medio de Él (Col. 2:2). No deberíamos olvidar las promesas que tenemos gracias al sacrificio de Cristo, ni la esperanza eterna que nos aguarda por haber sido adoptados por Dios en su familia, según el puro afecto de su voluntad (Ef. 1:5–6) y por su gracia (Ef. 2:8–9).
