Es de este evangelio que fui hecho ministro, conforme al don de la gracia de Dios que se me ha concedido según la eficacia de Su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, se me concedió esta gracia: anunciar a los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo, y sacar a la luz cuál es la dispensación del misterio que por los siglos ha estado oculto en Dios, creador de todas las cosas. Ef 3:7–9.
El llamado de Dios al apóstol Pablo fue claro y evidente: fue llamado para ser testigo del nombre de Cristo entre los gentiles (Hch. 9:15). Por eso, para él no era un secreto que su misión consistía en predicar el misterio de la salvación a quienes por mucho tiempo estuvieron sin esperanza y sin promesa en Cristo Jesús (Hch. 26:16–18). Pero también es importante recordar cómo Dios fortaleció al apóstol para llevar este evangelio hasta donde el Espíritu Santo le permitió.
Es evidente que Pablo no se avergonzaba del evangelio. Sabía que había sido llamado para predicarlo y dedicó su vida completamente a esa tarea (Ro. 1:16–17). Quizá Pablo entendía que, al ser ministro de Dios, el poder que tenía no provenía de sí mismo, sino del Señor. Aunque veía los frutos de su ministerio, nunca dejó de reconocerse como el más pequeño e insignificante de los santos, y aun así Dios le había confiado una tarea tan grande. Esa conciencia era precisamente la que lo impulsaba a servir con tanta entrega (Ro. 1:14–15).
Aunque el misterio comenzó a revelarse con Pedro y Cornelio (Hch. 10:44–48), fue Pablo quien llevó el evangelio de manera amplia a las naciones gentiles, enseñando que Cristo es el Salvador del mundo (Gá. 1:15–16). Para muchos judíos, acercarse a los gentiles todavía se consideraba algo impuro, y algunos querían imponer la circuncisión y las prácticas rituales a los nuevos creyentes (Gá. 5:2–6). Pero ese no era el propósito de Dios. El evangelio vino precisamente a quitar toda impureza por medio de la obra de Cristo, sin depender de rituales, tradiciones ni esfuerzos humanos (Ef. 2:8–9).
Es importante notar que Pablo presenta el evangelio como la riqueza de Dios para las naciones (Col. 2:3). Es el tesoro que el mundo necesitaba y que permaneció oculto durante siglos en el plan soberano de Dios. El Creador de los cielos y de la tierra guardó este misterio hasta el tiempo señalado, cuando Jesucristo fue manifestado al mundo (2 Ti. 1:10), abriendo así el camino para que todas las naciones pudieran conocer al Dios eterno (Ro. 2:4).
Por eso el evangelio no pertenece a un grupo pequeño de personas; es un mensaje para hombres y mujeres de toda lengua, nación y cultura (1 Ti. 1:15). Esto significa que el evangelio sigue llegando a lugares donde quizá jamás imaginaríamos, no por el poder humano, sino por las inescrutables riquezas y el poder de Cristo Jesús (2 P. 1:3). Es el Espíritu de Dios quien salva, transforma y da vida eterna a quienes antes estaban sin esperanza (Col. 1:29), para ahora darles una herencia con los santos en los cielos.
Por esta razón, como creyentes, no podemos dejar de predicar el evangelio. No debemos avergonzarnos de él, porque es Dios quien produce el fruto. Aun en medio de nuestra debilidad o incapacidad, el Señor sigue obrando. Aunque nos sintamos pequeños o insignificantes, no es nuestro poder el que salva, sino el poder del evangelio de Cristo, que trae vida eterna y transforma a las personas para la gloria de Dios.
