El amor al prójimo nace cuando amamos a Dios con todo nuestro ser.

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Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y anden en amor, así como también Cristo les amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma. Ef 5:1–2.

Andar en amor es de las cosas más demandadas para los creyentes; el estilo de vida de cada hijo de Dios debe reflejar el carácter santo y amoroso de Cristo (1 Jn 4:16). Todo lo que conocemos acerca de Dios es porque en amor se ha revelado a nosotros para hacernos partícipes de la herencia en los cielos con Él (Jn. 3:16). Al conocer tal calidad de amor, no nos queda más que derramar este a quienes nos rodean (Ro 5:5).

Pero también el amor sacrificial de Cristo nos muestra cómo debemos practicar el amor hacia los creyentes. Pablo nos muestra cómo el Señor se entregó a sí mismo, se despojó y se ofreció como sacrificio (Fil. 2:5–11); en este mismo ámbito se muestra que el deseo de Dios es que imitemos a Cristo en su sacrificio y que, además, seamos como Él: humildes en la forma de tratar a los creyentes (Fil. 2:1–4).

Sabiendo el carácter del Padre y de Cristo, debemos emularlo en medio de la iglesia; los hermanos en la fe son aquellas personas que necesitan recibir de nosotros el reflejo del amor de Dios (1 Pe 1:22). Son nuestros hermanos los que necesitan que nos entreguemos abnegadamente a servirles y a darles con humildad nuestras vidas para que ellos estén bien. De alguna manera debemos entender que amar es dar sacrificialmente, así como Dios dio a su Hijo y así como Cristo se dio a sí mismo (1 Jn 3:16).

Dar de lo que nos sobra, o no dar porque estamos en aprietos y no queremos sacrificarnos por nuestros hermanos, o no disponernos a amarlos con nuestro servicio (aunque esto signifique que estaremos golpeando nuestros cuerpos para el bienestar de ellos, así como el Señor se entregó), es lo contrario al mandamiento. Es que el amor debe verse en obras (Stg 2:15-16) y mostrarse en los días más difíciles de los hermanos; ahí es donde cada uno de nosotros debe mostrarse dispuesto a padecer con o en favor de otro hijo de Dios (Gá 6:2).

Es natural que Dios se haya sentido agradado del sacrificio de Cristo en las condiciones en las que se hizo, con un objetivo claro: salvar a los perdidos (Lucas 19:10). Esta forma en la que se ama solo puede ser ejemplarizada por quien es amor en sí mismo. Cristo se sacrificó como ofrenda al Padre en favor de los hombres, y fue recibida esta ofrenda como agradable.

Así que, hermanos, para amar como Dios quiere, debemos entregarnos sacrificialmente a Él, darnos por completo, y esto terminará siendo en beneficio de nuestros hermanos y agradable a Él (Ro 12:1). La razón por la que no nos damos a los hermanos y no nos entregamos a servirles es porque no lo hacemos para el Señor; al entregarnos a Él primeramente, fluirá de nosotros un amor sacrificial hacia los que nos rodean (Mt 22:37-39). Por tanto, hermanos, aprendamos a amar a Dios y a entregarnos a Él, y solo así podremos derramar el amor a los que nos rodean