Es necesario modelar a Cristo cuando hablamos.

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No salga de la boca de ustedes ninguna palabra mala, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan. Ef 4:29.

Los cambios que se esperan en la vida de aquellos que dicen ser creyentes en Cristo Jesús incluyen la forma de vivir, el trabajo y hasta la forma de hablar. Un cristiano verdadero cuida su mente y su corazón, y esto se ve reflejado en su forma de hablar, porque de la abundancia del corazón habla la boca (Mt 12:34). Para que una persona cambie su forma de hablar, debe primero llenar su corazón de la Palabra de Dios, de sus mandamientos, y someterse con temor y reverencia en todas las áreas de la vida (Sal 119:11).

Palabra mala o podrida, lo que en otras versiones se señala como corrompida, tiene la idea de algo que se ha podrido o está en proceso de putrefacción (Col. 3:8; Ef. 5:4). De la boca de los creyentes no debería salir nada con sabor o sensación de muerte o putrefacción, cuando ha pasado de muerte a vida (Jn 5:24). Los que viven no deben dar la sensación de estar muertos por medio de sus palabras. A Dios le importa la forma de hablar de los que ha llamado a vida eterna, y de ahí viene esta exhortación que demanda santidad en el habla.

Lo que debe hablar cada cristiano es lo que edifica; si bien es cierto que la lengua es difícil de controlar (Stg. 3:6–8), esta debe ser guiada por un corazón que está lleno de la Palabra, para que busque la edificación de los creyentes con su forma de hablar (Ef 4:15). Los cristianos debemos ser sabios en la forma en que hablamos según lo que Dios nos ha dado (Pr. 25:11); debemos buscar cómo añadirles a nuestras palabras gracia (Col. 4:6), para consolar y fortalecer a los que necesitan oír sabiduría.

La Biblia no está imponiendo un listado de cosas que los creyentes no deben hacer; es todo lo contrario: en la búsqueda de ser imitadores de Jesús, debemos trabajar con excelencia para que lleguemos a ser semejantes a Él, hasta en la forma en la que hablamos y nos dirigimos a los que nos rodean (Lc. 4:22). Debemos impartir la misma gracia que Cristo impartía al hablar y llevar el evangelio en nuestra lengua para darles las buenas nuevas de salvación (Rom 10:15).

Hay quienes en la vida, a pesar de ser salvos, pueden caer en el pecado de la maledicencia (Mt. 26:74) y quienes llegan a contristar al Espíritu Santo que mora en ellos (Ef 4:30). Esto no es una cuestión imposible; debemos verla como una posibilidad si no estamos cuidando nuestras almas y no estamos protegiendo nuestras mentes y corazones con la Palabra de Dios.

Hermanos, cuidémonos de los peligros de tener una vida hipócrita que se refleja en nuestra forma de hablar. Cuando decimos que somos de Cristo, debemos andar como Él anduvo y hablar como Él habló (1 Juan 2:6). Cuidemos nuestra boca para que podamos cuidar a los cristianos, amonestándolos, consolándolos y guiándolos a la verdad por medio de nuestras palabras (1 Tesalonicenses 5:11). Que nuestra meta sea imitar a Cristo hablando con sabiduría, temor y plena conciencia de su presencia.